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Por Arturo Pérez-Reverte |
A estas alturas del asunto, con el siglo XX a punto de romper aguas (y sangre), es injusto dejar atrás el anterior sin hablar de otras revoluciones de las que esa centuria fue cauce, testigo y protagonista. No todo fueron guerras, nacionalismos y política, y la palabra cultura es capital para considerarlo. Resultaba inevitable que tanto progreso industrial y científico, los usos democráticos que se habían ido imponiendo en Europa, tuviera consecuencias culturales. La más notable fue que las masas rurales emigradas a las ciudades perdían su carácter original, folklore y tradiciones, para convertirse en carne de cañón urbana; de manera que, huérfana de raíces, esa gente necesitaba a qué agarrarse.