sábado, 5 de abril de 2025

Urge un frente republicano

 Por Loris Zanatta

En su brillante columna del domingo pasado, Jorge Fernández Díaz relata el casual encuentro en la calle con una señora. ¿Por qué critica tanto a Milei?, le reprocha ella. No es muy republicano, le señala él. ¡No somos un país republicano!, suelta la primera. Una lápida. ¿Discurso cerrado? En absoluto: ese diálogo aparentemente anodino esconde un mundo. Y abre una ventana al abismo. Las cosas son peores de lo que piensa esa irritada dama. Y ella misma, sin saberlo, es un ejemplo de ello. No es, en efecto, solo que la Argentina sea un país menos republicano que otros. Es que muchos argentinos miden con la vara republicana a los gobiernos que les disgustan, pero la guardan en el cajón con los que les gustan. Son republicanos de corriente alterna, perdonan a los propios lo que nunca perdonarían a los demás. 

Pero una cosa es no ser republicano: amén. Otra muy distinta es fingir o creer serlo. Lo que resulta es un teatro de equívocos donde pocos son lo que dicen ser. ¿Socialistas los Kirchner? ¿Liberal Milei? ¡Vamos! Así que las palabras confunden en lugar de aclarar, cubren de humo las lealtades tribales y las redes familiares, los vacíos de valores y de principios ideales.

Resultado: populistas son siempre los demás y contra el populismo... ¡viva el populismo! A los enemigos “ni justicia”. Despreciables “garcas” para unos, “gentuza” para otros. Subhumanos a los que no se aplica la universalidad de la ley, la neutralidad de las instituciones, la impersonalidad del derecho. La república, en definitiva. Que se queda así vaciada de su esencia, el ciudadano armado de autonomía crítica, fiel a la responsabilidad antes que a la lealtad, a la conciencia antes que a la conveniencia. De la república solo queda un cascarón que todos invocan y pocos cultivan; un cascarón sobre el que la facción triunfante se abalanza voraz como si le perteneciera: si lo hizo el otro bando, razón de más para que lo haga yo, que estoy en el “lado correcto de la historia”.

Una frase maniquea y pomposa, arrogante y amenazante, impregnada de viejo hedor totalitario. Y, sin embargo, ¡tan de moda! Una frase recurrente en las bocas de los profetas “bolches” y de los caudillos “fachos”, tan opuestos, tan parecidos. Pues no hay nada más incompatible con la república. En ella nadie puede montarse sobre supuestas “leyes de la historia”, encima de inescrutables “leyes de Dios”, para hacer alarde de superioridad moral. Ni la historia es tan trivial como para reducirla a dos bandos, ni nadie puede atribuirse el poder de encarnar el Bien para eliminar el Mal. Los cementerios rebosan de las pretensiones escatológicas de las filosofías de la historia.

Todo esto puede sonar abstracto, pero la crónica argentina desborda de ejemplos que le dan sustancia. ¡Cuántos fanáticos kirchneristas, removidos sus abusos, se erigen en censores republicanos de Milei! ¡Cuántos fervientes republicanos, de los que indignados denunciaron a los primeros aplauden a los segundos! El asalto al poder judicial es republicano o antirrepublicano según conveniencia. Así el desprecio al Parlamento, la avalancha de decretos, los ataques a la prensa. ¿Es republicano quien impone sus símbolos a todo el mundo o eleva su doctrina a “doctrina nacional”? ¿Es republicano quien derriba estatuas e intimida a la disidencia? Los kirchneristas antes, Milei ahora, pretenden escribir la historia argentina desde el gobierno, cuando en una república es tarea de la sociedad civil. Cámpora al gobierno y Perón al poder, se oyó una vez, Cristina vice y Alberto títere, se vio después: la república humillada, la Constitución engañada. Lejos de ser su némesis, Milei sabe a continuidad peronista, creó un régimen bicéfalo con su Evita “de segunda” y su misterioso Brujo: misma opacidad, misma arbitrariedad. ¿La república? Otra vez humillada, otra vez violada.

Así están las cosas hoy. Gracias a Milei, el kirchnerismo se alza, impermeable al ridículo, lapicera roja en mano, como maestro de republicanismo: un título al que no tiene derecho. Gracias a Cristina Kirchner, a la amenaza de su regreso, Milei cree poder permitírselo todo, apelar a X contra el Parlamento, a TikTok por encima de la Constitución, anteponer la lealtad al mérito, la obediencia a la competencia: lo contrario de la república. De ahí el grotesco torbellino de funcionarios, las vendettas contra los críticos, las buenas ideas confiadas a aficionados sin experiencia. La Argentina se encuentra así, una vez más, prisionera de una esquizofrénica brecha entre el país legal y el país real, las palabras y los hechos, los principios y los comportamientos. La república resuena en todas partes, pero es una palabra vaciada del ethos que supone.

Kirchnerismo y mileísmo son dos caras de una misma moneda, productos de la cultura popular que impregna el mito nacional argentino. Para ella, no es cuestión que la Argentina no sea republicana, sino que la república no sea argentina, que sea, se decía un tiempo, una fabricación de las élites ilustradas «ajena al sentir nacional». Obligado desde su nacimiento a vivir dentro de la democracia liberal que despreciaba, el peronismo respetó su letra violando su espíritu, se adaptó a las formas republicanas mofándose del fondo. Huérfano del pueblo soberano, materia prima de la república, el antiperonismo la pisoteó a menudo proyectándola hacia un vago futuro. Salvo breves paréntesis, la palabra se devaluaba al mismo ritmo del peso: cuanto más se usaba, menos valía.

No sólo un orden republicano, sino ningún orden civil puede sostenerse por mucho tiempo y en paz de esta manera, ni puede soportar los golpes diarios de gobierno y oposición contra sus pilares. El debate público es “guerra cultural”; el Parlamento, rehén de la plaza; muchos medios, sesgados y militantes; las redes sociales, hinchadas violentas. No es casualidad que la violencia llame a la puerta por enésima vez. Urge un frente republicano.

© La Nación

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