![]() |
Por Roberto García |
Tal vez la semana entrante palpite más que la que transcurre, imaginada hasta el momento como la más excitante del año por la complejidad judicial sobre los candidatos a la Corte Suprema, el viaje de Javier Milei a Miami, el conflicto entre peronistas de la Provincia de Buenos Aires y la ansiedad de los mercados con parálisis facial por el regreso inaudito de Donald Trump a una política proteccionista de hace 300 años. A esta zozobra se añade otra instancia en las calles: el paro de la CGT, imparable por ahora, anunciado para el jueves 10 de abril por 24 horas. Mal día para dejar de fumar.
Sin embargo, la medida de fuerza promete una calma inusual, la cúpula de la central obrera retrocedió ante el estimulo a una amenaza de huelga general, sin límite de días, acompañada por movilizaciones y otro tipo de movimientos que parecían acercarse a una fantasiosa revolución de trabajadores. Ni que el edificio de Azopardo fuera Sierra Maestra y el ex cuadro montonero, Emilio Pérsico, encabezara la insurgencia porque tiene luenga barba y es amigo de Mario Firmenich. Suelen espantar, tanto el hombre que políticamente persigue la intendencia de La Matanza para su esposa en alianza con Máximo Kirchner, como un doctrinario de las redes que representa delegados de gremios o asociaciones sociales, Juan Grabois, con sus seguidores exigiendo a gritos el paro y medidas más atrevidas contra el gobierno Milei. Como si sus intereses fueran el mismo que las organizaciones sindicales de gran porte que conducen la CGT, con multitud de afiliados, servicios y negocios con el poder de turno.
Si hasta Hugo Moyano, a quien nadie le puede reprochar indulgencia para los actos de rebeldía gremial, se contuvo en prolongar las 24 horas del paro. Y dijo además: que sea en paz, sin alteraciones públicas a las que antes era afecto. Ni hablar de Gerardo Martínez, Construcción, el único embajador designado por la CGT para negociar con el gobierno, quien públicamente sostuvo lo mismo junto al diputado bancario de proximidad cristinista, Sergio Palazzo, antes un combativo plagiario del diputado Leopoldo Moreau, los dos de origen radical y alineación con la viuda de Kirchner. Se han vuelto sumisos por la intemperancia de quienes ingresan a la CGT, como Pérsico, y levantan temperatura presencial. Los máximos dirigentes ya han pensado en evitar esas concurrencias en el futuro, aislarlos, se preguntan —por ejemplo— de qué sirve que el sindicato de las modelos promueva una huelga indeterminada si ellas o ellos pueden faltar a su labor y nadie se da cuenta.
El legislador Palazzo apoya el paro con la esperanza de que se forme luego una comisión tripartita para compartir pretensiones de la central obrera, los empresarios y el Gobierno. Como si la Argentina fuera la OIT o la gobernara el Papa. Un soñador para no perder importancia: el sindicalismo cada vez dispone de menos peso, los empresarios están más desorientados que ellos y el Estado evita cualquier contacto —aunque el titular de la secretaría de Trabajo, Julio Cordero, tiene la costumbre de abrazar a todo el mundo con una calidez exagerada— con dirigentes que la opinion pública no reconoce como servidores. Tampoco ellos se hacen valer, hagan paros o no, más belicosos o intransigentes. Al margen de su propia integridad, los popes de la CGT lidian con otra realidad: en varios gremios no hay voluntad de paro en las bases, en particular para no perder más ingresos por faltar al trabajo en tiempos de carestía. Aunque esa excusa se probará el otro jueves, siempre también que la organización gremial mantenga aceitada su maquinaria. Es fundamental en estos casos la negociación del gobierno con el rubro Transporte: por ahora, este sector aboga por quedarse en casa. Acompañan en la queja silenciosa a una cúpula herida por recortes, perdida de afiliados, salarios e ingresos por las obras sociales, en beneficio de algunas prepagas importantes (se supone que el gobierno obtiene mejor prensa favoreciendo a ciertos grupos). Como se sabe, esta quita en las obras sociales afectó a numerosos sindicatos, un estallido en la telaraña de intereses que envuelve la historia de los gremios.
Historia de la CGT venida a menos que se refleja en los cargos electivos de la política: uno cita a Palazzo y casi no encuentra otros émulos de la misma procedencia en el Congreso. Para las municipales porteños ni participan como si los barrios no existieran. La hilera de candidatos ya no se construye con elementos del sindicalismo, al sector no lo invitan ni participa de las previas compulsas y ni siquiera es consultado. Otros tiempos, cuando en la Unión Obrera Metalúrgica se confeccionaban la listas y desde allí se enviaban a la Justicia Electoral. Pueden convocarlos, eso sí, el día de la elección para llevar gente a votar o ocupar un lugar en las mesas del comicio. O antes, en ciertos casos, para que suministren recursos económicos sin prometerles premio. O, lo que es peor, prometiendo lo que luego no van a cumplir. La declinación parece imparable aunque empezaron ciertos aprestos para disminuir ese vacío: en la Provincia de Buenos Aires se propone un partido sindical bajo la tutela de distintas asociaciones y la empecinada perseverancia de Luis Barrionuevo para no abandonar el ruedo político, remembranzas de su poder con Carlos Menem. Como todos los partidos, aun carece de un candidato representativo, shockeante, aunque el gastronómico aspira a convencer a Francisco de Narváez, quien de la nada se hizo famoso y ganador en la política. Dicen que el empresario extraña aquella proeza. Difícil pronostico igual sobre esa propuesta, mientras Sergio Massa —aparte de su sociedad con Máximo Kirchner y su madre— pretende contribuir al armado de retazos sueltos de los partidos, incluyendo también a gremios, y postulando al abogado Fernando Burlando. Caro, seguro; el mejor, no se sabe.
© Perfil.com
0 comments :
Publicar un comentario