sábado, 20 de julio de 2024

El juguete rabioso

 Trump. Los riesgos que acarrea el discurso de odio se comprobaron
con el fallido atentado.

Por Sergio Sinay (*)

El fixture imaginado por el Presidente y sus monjes negros se cumple con la puntualidad de un reloj. Cada semana hay que estrenar un par de enemigos a los cuales insultar, despreciar, descalificar y contra los cuales descargar una batería de ofensas e improperios. Pueden ser economistas, mandatarios de otros países, opositores políticos, cualquier persona que se niegue a postrarse ante el imaginario premio Nobel de Economía y, como frutilla del postre, siempre los medios y algún periodista en particular (salvo los amanuenses, que en todas partes los hay, incluso en algún medio que el Presidente sataniza, pero en donde concede frecuentes entrevistas).

Las causas de esta rutina pendenciera pueden ser tanto estrategias políticas y comunicacionales como mecanismos psicológicos. La consecuencia es la instalación del discurso de odio en un escenario ya suficientemente intoxicado desde hace años por agrietamientos y confrontaciones que afectaron incluso a las relaciones personales. Según lo define un documento de las Naciones Unidas titulado “Estrategia y plan de acción sobre el discurso de odio”, se llama así a “cualquier tipo de comunicación ya sea oral o escrita, o también comportamiento, que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son”. En el caso puntual de Milei y sus adláteres, pareciera que esta táctica tiene como objetivo mantener al mandatario en el centro de la escena y evitar que su imagen decaiga en las encuestas a las cuales son adictos. Cantar en un lugar, como el tero, para atraer la atención pública hacia allí, mientras el huevo de la recesión, del dólar disparado, del cepo cronificado, del desempleo y las carencias sociales y económicas se deposita en otro lugar. Estas podrían ser las causas políticas y comunicacionales de la práctica beligerante ya instalada. Las psicológicas, más complejas, podrían tener su origen en el resentimiento, fenómeno inconsciente que la psicoanalista francesa Cynthia Fleury describe en su libro Aquí yace la amargura, como “una emoción oscura que linda con celos, envidia, desprecio y voluntad de venganza”, que quita plasticidad, ataca el sentido del juicio y se pone al servicio de alimentarse a sí mismo. La venganza, apunta Fleury, puede ser satisfecha. Alcanza su objetivo y cede. El resentimiento no. No admite solución, no tiene salida. Se constituye en el sostén de una identidad. Si desaparece, la identidad se esfuma.

Sea cual fuese la motivación de este comportamiento, el discurso de odio es siempre una peligrosa bomba de tiempo, y mucho más cuando, en estos tiempos turbulentos y sombríos de la humanidad, se instala desde el poder. Porque una de las funciones del poder es, justamente, la contraria. Es decir, desmontar ese artefacto, crear condiciones para el diálogo, para la armonización y modulación de la diversidad que es constitutiva de toda sociedad. Los riesgos que acarrea el discurso de odio acaban de comprobarse en el reciente atentado fallido contra Donald Trump, ídolo y referente de Javier Milei, a quien el presidente argentino le copia estilo, discurso y comportamiento. Tomando prestado un título de Roberto Arlt se puede decir que el discurso de odio es un juguete rabioso. No se debiera jugar irresponsablemente con él, porque cuando se dispara sus perdigones son incontrolables y pueden dañar a demasiados sectores de la sociedad, a demasiadas personas, incluso a las menos pensadas y a las no deseadas. Para dispararlo hay que desactivar antes un valor esencial en la vida pública y en las relaciones humanas: la responsabilidad. Desprenderse de ella. Y sin responsabilidad toda convivencia es imposible.

(*) Escritor y periodista

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