sábado, 25 de noviembre de 2023

El derrumbe de un falso mito peronista


Por Sergio Suppo

Entre los escombros del sistema político, quedó enterrada una de las más persistentes falsedades de la mitología peronista.

El fenómeno quedó oculto por la irrupción de Javier Milei, todo un revulsivo adoptado por los argentinos con la ilusión de superar sus viejas y agravadas desgracias. Pero el tardío descubrimiento por parte de una fracción importante de los votantes que oscilan en sus preferencias ante cada elección es tal vez una de las mejores explicaciones de la aparición de un outsider que llega desde fuera del sistema, acomete contra todos y obtiene en tiempo récord el premio mayor de la política.

El falso como efectivo mito que acaba de morir puede resumirse así: el peronismo es una fuerza que encuentra soluciones para todo, aun para los problemas que provoca. Aunque la realidad se encargó largamente de demostrar que se trata de una falacia, fue al menos hasta el domingo pasado una creencia muy extendida.

Ese supuesto incluía la aceptación implícita de que el peronismo en sus distintas versiones podía adoptar ideas distintas y opuestas, hacerlas propias, y acomodar sus discursos a las corrientes de cada tiempo.

Solo al peronismo le fue permitido en la Argentina ser un camaleón que un día usa las recetas liberales y años después las repudia y niega haberlas utilizado. El populismo puede ir y venir entre los extremos ideológicos según la necesidad del momento.

Entre paréntesis, la huella del populismo persiste, más allá del peronismo, ahora bajo el rugido del nuevo león de la política argentina. Hay genes que se heredan y parecen contagiosos. Ese es otro tema.

La vieja estafa del peronismo como arreglador de problemas quedó al desnudo aun para los más próximos. El gobierno que terminará en apenas dos semanas les avergüenza a los militantes que disimularon como pudieron y trataron de evitar la derrota de Sergio Massa.

Un quiebre aun más profundo está en el corazón del desplazamiento del poder. Milei fue exitoso haciendo explícita la negación de derechos sociales por la simple razón de que muchos se habían esfumado con el tiempo.

La fallida campaña del miedo de Massa pretendía infundir temor por la pérdida de cosas que ya no existen, en especial, para el electorado más afín al peronismo: la educación, la salud y la seguridad son ausencias dolorosas en las barriadas más populares del país.

La afirmación “Volvimos mejores” fue en 2019 una aceptación tácita de que los desvaríos del cristinismo habían expulsado a tanta gente como para hacerlo perder a manos de Mauricio Macri, en 2015. Ese supuesto arrepentimiento coincidió con la etapa declinante del liderazgo de Cristina Kirchner, que aceptó no volver a encabezar la fórmula de candidatos.

Experto en consignas, el gobierno de Alberto Fernández, Cristina y Massa repitió hasta creérselo que había recibido “tierra arrasada”. Luego echó mano a la pandemia y más tarde a la invasión rusa a Ucrania para justificar el derrumbe. Milei podrá usar esa descripción peronista para resumir la herencia que recibirá.

Será tarea de los historiadores encontrar alguna causa cierta que explique el motivo por el cual el último gobierno peronista no atinó a aplicar ninguna medida ni plan concreto contra los problemas esenciales de la Argentina.

Entre la inacción de un presidente irresoluto y acechado por su jefa, y una jefa dispuesta a recitar viejas supercherías populistas para curar la inflación, el cuadro se completó en la primera etapa con un ministro de Economía solo dedicado a renegociar la deuda.

Las creencias esotéricas de Cristina se corporizaron en brigadas piqueteras yendo a bajar el precio de la leche en polvo y los huevos a los supermercados por mero acto de presencia. Toda una curiosidad para un “gobierno de científicos”, que había prometido el actual Presidente.

En un mundo inmunizado por millones y millones de vacunas que frenaron el coronavirus, la Argentina peronista es el único individuo que se resiste a inyectarse alguno de los varios antídotos inventados por la ciencia económica para frenar la inflación.

Porque el freno a la inflación ya fue inventado y fue recetado bajo distintas fórmulas hace casi medio siglo, cuando varios países relevantes sufrían el mismo problema que todavía arrastra la Argentina.

Pero el peronismo se conformó con el rechazo a cualquier plan serio contra la inflación, obnubilado por el discurso de Cristina que encuentra que los argentinos padecemos un mal multicausal, una cepa hostil a cualquier remedio.

Es tan profunda esa creencia que millones de argentinos terminaron creyendo que la única forma de terminar con la desvalorización de la moneda es eliminar el peso y reemplazarlo por el dólar. Tal fue la fórmula votada por abrumadora mayoría para desplazar el último fracaso del oficialismo, que fue poner al abogado Massa a cargo del Ministerio de Economía.

El derrumbe se venía venir en forma tan evidente que Cristina aceptó que el mismo ministro que estaba duplicando la velocidad inflacionaria fuera también el candidato a suceder a Fernández.

No había forma de no perder. El peronismo eludió al menos fracasar con algún plan económico y eligió para tratar de quedarse en el poder al último responsable de agrandar el problema inflacionario con el consiguiente empobrecimiento.

Consumada la derrota, el domingo pasado, Massa demostró que es un verdadero peronista: instaló un primer mojón para la resurrección cuando dijo que a partir de ese momento la responsabilidad de todo lo que pasara en la Argentina sería de su vencedor.

Parece un caso típico de hipnosis colectiva, según el cual los dirigentes del peronismo borrarán de su memoria el desastre que hicieron y culparán de toda esa realidad a quien llega con la radicalizada intención de arreglarla.

Esos discursos ya empezaron a pronunciarse. Milei todavía no asumió y ya es autor del desastre que encontrará, una maravilla de la inventiva peronista que con toda alegría ya celebran los que se van del poder.

© La Nación

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