sábado, 24 de junio de 2023

El kirchnerismo incendia y se incendia


Por Sergio Suppo

Como en el momento de su aparición nacional, dos décadas atrás, el kirchnerismo vuelve a encontrarse en problemas con los votos. No tiene los que necesita para retener el poder y se obstina en negar la elemental validez de la voluntad popular en las elecciones que pierde.

A un tiempo, en Jujuy pretendió reemplazar el valor de la representación surgida del voto por el temerario ensayo de un asalto a la Legislatura. Mientras, imponía condiciones de imposible cumplimiento para garantizar el ejercicio de la participación de las minorías en el peronismo.

El populismo que se volvió inviable sin plata reflota sus ancestrales genes autoritarios: De “Perón o muerte” a “Cristina o muerte”.

La versión decadente de la organización hegemónica que ordenó a la política argentina en su favor y en su contra, y que gobernó la Argentina durante 16 de los últimos 20 años, habla como la versión total del pueblo, pero la parte mayoritaria de ese pueblo eligió votar a otros.

Es una carrera que se parece a un desbarranque y que lo muestra negando validez a las reglas más elementales de la democracia y un visceral rechazo a instituciones tan esenciales como la Justicia.

Un círculo parece cerrarse. El kirchnerismo nació desprovisto de legitimidad de origen por la despreciativa decisión de Carlos Menem de eludir una segura derrota a manos de Néstor Kirchner cuando renunció a participar del ballottage, en las elecciones presidenciales de 2003.

Es ahora a Cristina Kirchner y su descendencia a las que parece volver a faltarles los votos; esta vez no por la irresponsabilidad de otro, sino por el derrumbe de su último gobierno.

En el medio, un dato que habla más de los votantes argentinos que del propio kirchnerismo: su retiro del poder está originado en el agravamiento de la situación económica antes que en la invalidación de muchos de sus protagonistas como responsables de maniobras de corrupción investigadas y en varios casos ya juzgadas y con condena.

La insistencia de algunos fiscales y jueces en hacer su trabajo y la compleja situación en las causas en las que está acusada o condenada llevaron a Cristina Kirchner a instalar como una consigna entre sus partidarios la negación completa del Poder Judicial.

Un comunicado firmado la semana pasada por Máximo Kirchner incluye como una acusación a sus adversarios internos haber amenazado con recurrir al “partido judicial”. La sola idea de que es un sacrilegio en el peronismo que alguien pueda intentar competir por sobre la oligarquía que lo gobierna también contagió a los jóvenes viejos.

La Cámpora piensa como la antigua ortodoxia peronista que emergió luego de la dictadura. Nunca habrá lugar para las minorías en un partido genéticamente vertical. De hecho, en los últimos 40 años, en el peronismo solo se admitió una competencia nacional, la que a mediados de 1988 tuvieron mano a mano Carlos Menem y Antonio Cafiero.

Todo parece en discusión y las grietas internas exponen viejos criterios autoritarios ocultados durante décadas por el ejercicio del poder total desde el manejo del propio Estado. Nada nuevo. Cristina no quiso entregarle el bastón y la banda presidencial a Mauricio Macri y luego lo presentó como un mérito.

La ceguera que provoca la impotencia vació de contenido los discursos de Cristina. La vicepresidenta niega el gobierno que creó e integra en discursos en los que pone y saca ministros de su área de afecto.

Toda la gestión de Alberto Fernández es mala y ajena, según sus palabras, con las que sin embargo elogia al ministro del Interior, defiende al ministro de Economía, incluye entre los que funcionan al ministro de Obras Públicas, a la vez que ampara el trabajo de sus funcionarios en la Anses, el PAMI, YPF, Aerolíneas y cuanta otra caja se encuentre en manos de dirigentes que reportan al Instituto Patria.

Al intentar despegarse con tanto entusiasmo del Gobierno, Cristina ha terminado de confirmar su inescindible pertenencia a él.

No se trata de un problema de simples internas. La deriva hacia la puerta de salida muestra al kirchnerismo exhibiendo su predilección por las piedras y las bombas Molotov antes que por los votos. Un grupo armado e impulsado con fondos nacionales y con enviados especiales para organizar el caos intentó el martes incendiar la Legislatura de Jujuy, en la que estaba terminando de sesionar la Convención que reformó la Constitución de esa provincia.

Los convencionales a punto de ser prendidos fuego habían sido elegidos por la libre decisión de los jujeños el 7 de mayo. El oficialismo local, comandado por el gobernador Gerardo Morales, acordó con el peronismo esa reforma hasta completar un consenso de más del 80% de los convencionales.

Es una venganza kirchnerista que deriva del rechazo a la desarticulación del para-Estado montado por la piquetera Milagro Sala. Para tratar de fraguar una supuesta pueblada, el kirchnerismo se unió a la izquierda dogmática. Esa pueblada había ocurrido en las urnas de mayo, cuando el kirchnerismo fue otra vez relegado y los candidatos de Morales fueron votados por casi el 50%, 30 puntos porcentuales más que la oposición peronista.

En paralelo, en Chaco, un femicidio es atribuido a un grupo familiar que regentea otra organización mafiosa con fondos públicos en nombre de otra revolución de opereta. Cecilia, asesinada y desaparecida, no es una muerte digna de ser considerada por los muy sensibles y bien remunerados militantes de la sororidad en tanto los acusados de perpetrarla son propios.

La negación de la democracia incluyó, otra vez, la advertencia de que episodios como el de Jujuy serían extendidos si gana la oposición en el país. Lo dijo el diputado Eduardo Valdés como hace un mes lo había dicho el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández.

El kirchnerismo no solo muestra que no tiene candidatos para ganar las elecciones, sino que amenaza con convertirse en una oposición violenta y fuera del sistema. Algo ya se vio durante el gobierno de Macri.

Ahora, durante la cruel retirada de su último fracaso, agitan el fantasma de sí mismos en nombre de una revolución que nunca hicieron.

© La Nación

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