Por Carmen Posadas |
Sin embargo, no solo vencieron los obstáculos que entorpecían su camino, sino que alcanzaron su deseo, término que, en
este caso, puede considerarse sinónimo de sueño, casi de quimera.
El deseo como motor es muy potente, pero tiene dos caras. Puede convertirlo a uno en presidente de los Estados Unidos o sex symbol universal, pero también en un delincuente como Al Capone o en un asesino como Charles Manson, cuyo frustrado deseo de ser cantante lo llevó a cometer
las tropelías que ya sabemos. Otra particularidad ya menos simpática de este tan eficaz motor humano es que con frecuencia le da por reírse de nosotros, pobres mortales. Oscar Wilde sostenía que
había que ser muy cuidadoso con lo que uno desea, no vaya a ser que se cumpla. Él ilustraba la idea con el caso de una mujer cuyo mayor anhelo era conquistar a determinado hombre. Sin embargo, cuando por fin,
después de mucho trabajo, mucho empeño y no pocas estratagemas, consiguió su propósito fue solo para descubrir que el tipo en cuestión era un perfecto idiota.
Todo lo que acabo de mencionar es habitual y viejo como el mundo, pero en el presente el deseo muestra otras particularidades. En realidad, lo que ha cambiado son las posibilidades
de que se cumpla, y eso, paradójicamente, no solo merma la eficacia del anhelo como motor para alcanzar algo, sino que genera insatisfacción. Antes, uno podía desear algo durante mucho tiempo y vivir con
la ilusión de conseguirlo; un niño una bicicleta, por ejemplo, o una persona mayor, un coche o una casa. De este modo, el deseador disfrutaba ahorrando, trabajando o, simplemente, soñando con aquello que
buscaba poseer. El problema es que los deseos son como los espejismos, se desvanecen en cuanto uno los alcanza. Y es ahí precisamente donde esta cualidad humana tan útil y tan importante para la felicidad de
las personas ha mutado o, peor aún, ha perdido toda su eficacia y encanto. Hoy en día nos hemos convertido en yonquis de los deseos. Ya no se desea una cosa, sino que los deseos son infinitos. Además, nos han hecho creer que tenemos un derecho fundamental a tener anhelos y, por supuesto, a cumplirlos. Hoy quiero una tablet y ¡aquí está!, pero no me da tiempo a alegrarme demasiado porque se me antoja un reloj inteligente que me diga cuánto duermo y cuántas
calorías quemo. Y me lo compro, pero da igual porque ahora lo que quiero es un viaje que tampoco disfruto, porque ya estoy pensando en otra cosa… Y así, de antojo en antojo y de deseo en deseo, vamos como
pollo sin cabeza porque, como decía Montaigne, «el deseo desprecia y abandona lo que uno tiene para correr detrás de lo que no posee».
Otro tanto ocurre con la felicidad. Ahora resulta que todo el mundo tiene la obligación, el mandato perentorio de ser feliz. Sin embargo, lo que no nos cuentan esos tontos
libros de autoayuda que tanto repiten que uno puede lograr todo lo que se proponga, es que la felicidad también es un espejismo, siempre está un poco más allá. En tiempos menos afortunados y consumistas
que los nuestros la gente aprendía algo que a nosotros nos resulta del todo incomprensible, que el premio no está en la meta, sino en el largo y muchas veces dificultoso camino en el que uno se embarca persiguiendo
deseos.
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