Por Fernando Savater |
Y desde luego mientras no se imponga dicha catequística en la escuela pública, donde no pinta nada. Pero no cualquier enseñanza religiosa es lícita, aunque
se empeñen los padres: las creencias que postulan la guerra santa, la persecución contra los homosexuales, la censura contra obras consideradas blasfemas o que en general recomiendan tratar como delitos lo que
ellos consideran pecado, no deben ser financiadas con dinero público. Ni creo siquiera que deban ser admitidas socialmente.
Claro que no todos los dogmas indeseables son religiosos: también está el adoctrinamiento nacionalista, que prolonga en la escuela lo que la familia enseña en casa;
las opiniones tipo Arran que no admiten los derechos individuales, sino sólo los colectivos; los partidarios de identificar el machismo criminal con el sexo masculino, y quién sabe cuántas novedades disparatadas
más. Dije una vez que la democracia educa en defensa propia: si admite cualquier tipo de enseñanza para respetar la libertad de padres o maestros, estará cavando su tumba.
Los padres pueden y deben asegurar los valores familiares, afectivos y piadosos que crean convenientes. Pero se educa no sólo para vivir en familia, sino también en sociedad,
que es plural y ofrece alternativas distintas a las de casa. Los neófitos tienen derecho a conocerlas, aunque sus papás se encabriten. Siempre dentro de lo constitucional y científico. Si no, mejor la
doma.
© El País (España)
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