Por Arturo Pérez-Reverte |
Voy a mencionar hoy 28 películas sobre el mar. No
son las mejores ni todas las que me gustan, pero están entre mis favoritas. Las
vi en cines de antes, con pantalla grande, y dos marcaron mi infancia marinera.
Una es El misterio del barco perdido, con la que el niño que
yo era asoció la figura de Gary Cooper y sus chaquetas con botones dorados a
los capitanes mercantes que, por razones familiares, ya admiraba sin reservas.
La otra fue El mundo en sus manos: Gregory Peck, Anthony Quinn
y la carrera de las dos goletas, la Peregrina quitándole el
viento por barlovento a la Santa Isabel, y la música, y la
emoción que todavía, a mi edad y con alguna mar navegada, me asalta cada vez
que veo tan formidable escena.
Del mar y la antigüedad tengo dos
debilidades: Jasón y los argonautas y Los vikingos –estupendos
Kirk Douglas y Tony Curtis–. Y en cuanto a la Segunda Guerra Mundial, hay
muchas que me gustan, pero siete ocupan lugar especial en mi memoria: Hundid
el Bismarck, La batalla del Río de la Plata –la primera vez que estuve
en Montevideo tenía el Graf Spee en la cabeza–, Mar
Cruel, El zorro de los océanos –¡John Wayne como capitán mercante
alemán!–, la extraordinaria No eran imprescindibles,de John Ford,
la claustrofóbica y soberbia Náufragos, de Hitchcock, y la que
tal vez sea para mí la mejor de todas, Duelo en el Atlántico: un
épico desafío a vida y muerte entre un destructor norteamericano, cuyo capitán
es Robert Mitchum, y un submarino alemán bajo el mando de Curd Jürgens.
Los motines en el mar también dan de sí. El
motín del Caine y Motín en el Defiant son muy buenas,
y sus dos sombríos capitanes, encarnados por Humphrey Bogart y Alec Guinness, forman
espléndido trío, o cuarteto, con el capitán Blight, comandante del HMS Bounty en Rebelión
a bordo, sobre el que sigo dudando quién me roba más el corazón: el
Charles Laughton de la versión de 1935 o el Trevor Howard de 1962. Y pasando de
motines y navegación a vela a la época naval casi napoléonica, o sin casi, es
inevitable mencionar otra buena película y una obra maestra. La primera
es La fragata infernal, basada en el relato Billy Budd de
Melville. Y la otra, seguramente la mejor de guerras navales a vela de todos
los tiempos, es Master & Commander, con Russell Crowe
interpretando al mítico capitán Jack Aubrey; una de las pocas, por cierto,
donde la terminología naval, o su doblaje, no incurre en disparates del tipo
«amurad escotas» o «izad velas a barlovento» tan frecuentes en el género, pues
la versión española fue supervisada por mi amigo Miguel Antón, brillante
traductor de novelas de Patrick O’Brian.
Se acaba la página y quedan muchas, así que
resumiré cuanto pueda. Moby Dick, de John Houston, es otra
indiscutible obra maestra, como lo es La última noche del Titanic, la
mejor de las realizadas sobre esa tragedia. De marinos y niños, sin duda Capitanes
intrépidos. De piratas, La isla del Tesoro –la
versión con Wallace Beery como Long John Silver es mi preferida–, El
Cisne Negro y El capitán Blood,joya del género, en la que
un soberbio Errol Flynn encuentra perfecto oponente en el malvado pirata
Levasseur interpretado por Basil Rathbone. También hay un thriller
náutico-policial que me gusta mucho, El buque faro, con Robert
Duvall haciendo de malo malísimo. Peter O’Toole protagoniza Lord Jim de
forma inolvidable, y La tormenta perfecta es una estremecedora
historia de mar y marinos de verdad. En El gran azul descubrí
para toda la vida al mejor Jean Reno. Y Tener y no tener, con
Humphrey Bogart y Lauren Bacall –hay otras versiones peores, con John Garfield
y con Audie Murphy–, es una de las tres o cuatro grandes películas que en caso
de naufragio llevaría a una isla desierta. Aunque, puestos a ir a esa isla, con
quien iría sin dudarlo es con la Sophia Loren que emerge del agua, mojada la
blusa, en la primera y fascinante secuencia de La sirena y el delfín.
Cine del mar, en fin. Cine con sabor a sal, a vida
y a aventura. Cine de toda la vida. Que ustedes lo vean y lo disfruten si aún
no lo hicieron. Amén.
© XLSemanal
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