miércoles, 7 de noviembre de 2018

Sobre la libertad de expresión (II) / Máscaras


Por Alberto Olmos

A mi modo de ver, no hay ninguna posibilidad de que una canción sea delito. Igualmente, veo injustificable que un libro se secuestre o se prohíba, o una película, o un cuadro. El arte y el pensamiento se desarrollan en un marco donde se prueba a decir, y tanto los espectadores o lectores como los propios artistas son perfectamente conscientes de ello.

Hace meses, hubo una declaración muy simpática respecto a este asunto. Acababan de condenar al rapero Valtonyc por algunas de sus letras y un concejal —creo— afirmó algo como esto: “Así que lo que es ilegal en el día a día se convierte en legal si lo canto… ¡Basta con rapearlo!”. La verdad es que el argumento tenía fuerza: uno no puede decir “hay que matar al presidente del gobierno de España” en un comunicado de prensa, pero sí puede incluir esa frase como verso en una canción si encuentra una rima para la palabra España, y le pone flow.

Sin embargo, el concejal acertaba. Las mismas palabras que son delito en determinados espacios se vuelven impunes en una canción, un poema o un relato. A fin de cuentas, ¿quién las dice? ¿Quién es Valtonyc? ¿Qué registro civil o policía de nombres artísticos dispone de una ficha donde diga “Valtonyc”? ¿O “Humbert Humbert”?

Jim Jefferies tiene un monólogo titulado Freedumb donde se hacen chistes sobre violaciones. Jim Jefferies es probablemente el cómico de stand up que más lejos ha llevado la libertad de expresión en el humor. Tras soltar varios de sus chistes sobre violaciones, hace una pausa para, como muchos otros humoristas hoy en día (Ricky Gervais en Humanity, por ejemplo), excusarse o explicarse o matizarse. Esto —como digo, muy común ya entre los cómicos más arriesgados— no deja de ser una concesión algo penosa a los puritanos y alarmistas; pero sigamos. Y dice: “Defenderé los chistes misóginos como defenderé los chistes sobre violaciones… Estoy bromeando. Esto es una actuación. Soy un artista. ¡No es una charla TED!”

Y añade: “Escribieron un artículo horrible sobre mí con el titular: No se bromea con la violación. (…) Esa mujer escribió un artículo sobre mí y trascribió cada palabra que dije. Odio eso. Y os diré por qué. Porque en esta vida sólo valgo para decir cosas horribles y aun así parecer simpático. Si le quitas todo eso… Si lees mi material, no es nada bueno”. Y concluye: “Hay una diferencia de la hostia entre lo que pienso y lo que pienso que suena gracioso”.

Lo que afirma Jim Jefferies tiene todo el sentido y apunta hacia una de las trampas que desde la mojigatería o el sesgo ideológico se tiende a la libertad de expresión: la literalidad. Aunque Jefferies haya dicho unas palabras horribles exactamente igual a como luego figuraron en un artículo, lo cierto es que las ha pronunciado de viva voz, sobre un escenario, enriquecidas por gestos, muecas y pausas, y ante un público que ha pagado su entrada y sabe que lo que oye es un discurso minuciosamente preparado para hacerle reír. ¿Cómo va a ser lo mismo entonces lo que sin duda —palabra por palabra— es lo mismo?

Cuentan que Billie Wilder asistió al estreno de una adaptación cinematográfica que se había hecho del libro Mein kampf; sí, el de Adolf Hitler. Su comentario a la salida del cine fue éste: “Me gustó más el libro”. ¿Le gustaba a Wilder el Mein Kampf? Wilder lo dijo textualmente: “Me gustó más el libro”. Si uno se empeña —y muchos se empeñan hoy—, esas palabras justificarían considerar filonazi a Wilder y arruinar su reputación.

Si el sentido literal se llevara al extremo, todos deberíamos pasar por el juzgado más o menos una vez a la semana. “Habría que matarle”, decimos de un amigo que llega tarde por enésima vez. “Es para matarte”, “te mato gratis”, “muérete”, decimos a su vez en ocasiones tan banales como un error, un olvido, una propuesta que no nos encaja o simplemente porque estamos de mal humor. ¡Señor juez, mi amigo me ha dicho que me va a matar! Y efectivamente lo ha dicho.

Si el habla sólo admitiera interpretaciones literales, es decir, una especie de autopsia sobre papel judicial donde se analizara un significado neto (sin ironías, dobles sentidos, ambigüedades o códigos personales), todos seríamos nazis, difamadores, calumniadores o machistas. Por eso es tan fácil hoy en día acusar a cualquiera de nazi, difamador, calumniador o machista.

En Mi último suspiro le preguntaban a Luis Buñuel qué haría si fuera nombrado mágicamente presidente del mundo entero. Y Buñuel contestaba: “Exterminar a dos mil millones de personas”. ¡Hay que prohibir las películas de Buñuel!

Como vemos, la literalidad arrasaría con todo —desde el habla diaria a la cultura en su conjunto—, y lo haría gracias a un recurso literario que empleamos profusamente: la hipérbole.

Así, Buñuel sólo piensa que uno de los problemas del planeta es la superpoblación. Eso es lo que a él le preocupa: somos demasiados, quizá habría que tomar medidas, controlar de alguna forma el crecimiento de la población humana. Pero, por su carácter, quizá por su propio personaje de director de cine algo bruto, o porque le apetecía provocar, dijo: “Exterminaría a 2.000 millones de personas”. Lo cual, encima, resulta gracioso.

Hay personas que preferirían que España fuera una república. Ya está. La Constitución ampara su derecho a decir que la forma del estado que ellos prefieren no es justamente la que ahora está implantada en nuestro país. La noción “prefiero que España sea una república” puede modularse de infinitas maneras en virtud de la hipérbole, desde “abajo la monarquía” a “fusilemos a los Borbones”, y aderezarse además con groserías, burradas o imágenes truculentas, pero detrás de todo eso sólo hay una misma posición política perfectamente respetable y nada descabellada: prefiero república en lugar de monarquía.

Si bien en una obra de ficción la presencia de un personaje misógino, faltón, obsceno o radicalmente republicano o reaccionario es entendida enseguida como una creación del autor —salvo cuando toda la novela es el discurso de un misógino o un nazi, entonces hay más problemas—, en las canciones se identifica de inmediato al que canta con lo que está cantando. Sin embargo, recordemos que Ana Torroja, en Mecano, daba voz en algunas canciones al relato de un varón (“Y nos metimos en el coche, tu amiga, mi amigo, tú y yo”), y nadie se extrañaba. Asimismo uno puede dar voz en una canción a —por ejemplo— un maltratador.

Es lo que hace Loquillo en La mataré, una estupenda canción compuesta por Sabino Méndezque Loquillo dejó de interpretar durante algunos periodos de su carrera aduciendo que prevalecía el derecho a la vida sobre el derecho a la libertad de expresión (!). ¿A quién mataba quién en esta canción?, puede uno preguntarse. ¿Dónde queda dañado el derecho a la vida porque alguien haya encontrado inspiración en pulsiones violentas para escribir una canción? ¿Sólo pueden escribirse canciones y novelas desde el punto de vista de una persona que prepara amorosamente una tarta de manzana para sus nietos? ¿Cuánta gente ha muerto por leer American Psycho o porque otro haya leído American Psycho?

Es curioso en este sentido la cantidad de canciones de los años 80 que hoy en día resultan intolerables: Todos los paletos fuera de MadridTodos los negritos tienen hambre y fríoCuánta puta y yo que viejo o Me gusta ser una zorra —si no se resignifica desde el feminismo.

En algunos de los cedés que comprábamos hace ya tantos años solía incluirse la advertencia: “No leer las letras sin escuchar el disco”. Es decir, no leer sin la música. Con las palabras creativas, tanto de una canción como de un monólogo o de una novela, puede decirse algo similar: no leer sin la máscara. El cantante canta enmascarado, poniendo voz a un enamorado, a una niña, a un obrero o a un muerto; incluso canta con la máscara de sí mismo, pues uno mismo no tiene un carácter diamantino e invariable, de pedernal, y hay momentos en los que nos dejamos ir y somos groseros, intolerantes, brutos, despreciables o lascivos. Personalmente encuentro fascinante explorar esos rincones, ser lo que no soy o ser excesivamente lo que sólo soy un poco. Y por eso me gustan escritores como Houellebecq o Despentes, cantantes como la Mala Rodríguez o Kaka de Luxe, y cómicos como Carlos Ballarta o Dave Chappelle: ponen a prueba cuanto sé de mí.

© Zenda – Autores, libros y compañía

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