El peronismo
“entrega” el 2019 y el oficialismo lo toma con arrogancia. Caputo patina.
Scioli se esfuma.
![]() |
Por Roberto García |
Cierta ficción teatral se descubre en las apariciones políticas, sean del Gobierno
o de una oposición maniatada por la lógica oficialista, admitiendo que carece
de un candidato para el 2019 que pueda confrontar con Mauricio Macri.
Saben, quizás, que Rocky es solo de Hollywood. Sin embargo, parece
prematura esa deserción a poco menos de 20 meses del escrutinio.
Una resignada rendición que no repara, en ese período faltante,
acontecimientos vecinales, desavenencias internas o conflictos inesperados.
Desde las precipitaciones de Trump a la detención de Lula, los comicios en
Brasil, México y Colombia, la pertinaz continuidad de Maduro en Venezuela, la
amputación del crédito, desconfianza ante lo que no se hace o algún brutal
desajuste accionario, ya que las Bolsas van para diez años viviendo sin una
crisis.
Ni siquiera la oposición contempla el antecedente de Macron, un personaje
del montón de la política que en seis meses de aparecido ganó los comicios de
Francia. Ni contempla la endeblez económica que, por ejemplo, en Europa hizo
ganar tanto a figuras de la derecha como de la izquierda, sin que representaran
modelos o tendencias.
En este rincón del subdesarrollo, la impresión de los que
enfrentan al Gobierno se reduce a una simplista restricción oligárquica: la
imposibilidad de luchar contra quienes el año próximo habrán de mejorar los
ingresos que en este ejercicio sufren una paliza, colmando de asfalto, cordón y
cuneta a la provincia de Buenos Aires, sobre todo en La Matanza,
epicentro del destino electoral.
Este final anticipado se comparte con arrogancia en la Casa Rosada, cuyos
habitantes juran haber diseñado el plan y apelan al cinismo cuando algún
independiente los cuestiona o reprocha por deberes que no han cumplido: “Igual
vas a tener que votarnos, no te queda otra”.
Lógica Lilita. Algo semejante a la expresión que le atribuyen a Elisa
Carrió ante su venia por la designación, todavía a discutir, de la señora Weinberg de Roca como
Procuradora: “Los otros candidatos son peores”. Una singularidad
tolerante, ya que premia al escaso conocimiento sobre un cargo público en
desmedro de quienes conocen la función, pero son sospechados por causas
diversas de su carrera. O lo que puede decir Macri al respecto, más una
agresión que una concesión al género: “Hay que poner una mujer”. Para empatar,
como en el fútbol. Y, de paso, sorprender a su entorno con la decisión, sin
avisar, al mejor estilo Carlos Menem, cuando nombraba a quien no
figuraba en ninguna nómina como jefe de Gabinete (Jorge Rodríguez) o un
vicepresidente (Carlos Ruckauf). Placeres del poder.
Al margen de semejanzas, hay razones de cercanía en el caso Macri. Con la
nominada compartió jornadas de calistenia o deporte en el Argentino de Tenis
(los hijos de ella son activos en ese rubro) y la promovió en la Justicia
porteña por esa simpatía de club. Hasta quizás le reconozca talento por haber
trabajado en Siemens y casarse con uno de sus presidentes, Eduardo Roca,
un viudo ex embajador de dos gobiernos militares, quien del nacionalismo con
Nicanor Costa Méndez viró a la devoción pro EE.UU. (debe haber influido su
militancia asesora en Xerox), y hoy se recluye en un sanatorio de la avenida
Caseros donde recibe seguramente mejores cuidados que en la casa escriturada a
su nombre.
Papelito Caputo. Es lo que hay, suele repetirse como estoica
aceptación, incluyendo en esa frase decadente el último episodio del ministro
Luis Caputo, quien se levantó del interrogatorio en una comisión de Diputados
bajo el argumento de que “estaba muerto” de hablar, para seguir hablando luego
en una conferencia de la Embajada de España. Redivivo, claro. Por supuesto,
antes ocurrió un episodio insólito, de colegio secundario, en el que le pidió clemencia –a través de un papelito
escrito– a una legisladora contraria, suficiente para generar un
revuelo en la sala que dio excusa al retiro del funcionario.
Un insustituible, según Macri, especialista en pedir plata en el
exterior a tasas exuberantes (cuando su privada fama bancaria la constituyó
prestando plata), comparable heredero de Francisco Soldati, o de
otros que tomaron y renovaron deuda como Cavallo o Machinea. Y como ellos,
también insustituibles en su momento, ahora se encuentra sin señuelos
tentadores por ofrecer, con bancos menos voraces por el interés gigante y más
resueltos a recuperar su dinero (o, en todo caso, dispuestos a trasladarle el
riesgo a sus ahorristas). Algunos han empezado a temer que el ciclo de
diez años sin crisis financiera en el mundo quizás pueda culminar de repente.
Cuestiones sin importancia. Esa contingencia de eventual impacto
extraordinario en el país no figuraba como tema en Diputados, sus miembros se
encarnizaron por la lucha política, ni quisieron avanzar sobre la presunta
versación del funcionario en la materia. Más bien unos disertaban para
protegerlo de los ataques y otros se empecinaban en puntualizarle mentiras,
negociados o preferencias personales en los empréstitos, vínculos con
sociedades de otra época, justamente el expertise que lo llevó al Ministerio.
Se sabe que los animales corren a refugiarse en el interior del territorio
cuando olfatean o perciben la inminencia de un tsunami. Esa condición, al
parecer, no se registra entre los seres humanos, en cierta raza política al
menos.
En su petulancia ganadora, el oficialismo ni presta atención a los
síntomas externos mientras los opositores, el vencido de la cabeza, ni pueden
organizar una cumbre resonante en una provincia. Ni han advertido el silencioso
y parcial retiro de su último candidato, Daniel Scioli, quien
abandonó el departamento en Palermo que había alquilado por diez años, parece que ya no comparte vivienda con su nueva mujer
y dulce niñita, cediéndole el solar a la madre de su hija
mayor. Está con destino incierto. O sin destino. Como el
partido que hace dos años lo quiso llevar a la Presidencia.
© Perfil
0 comments :
Publicar un comentario