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Por Carlos Ares (*) |
Tal vez, si describo la vibración de fondo de lo que creo
oír, del grito, pueda aclararme. ¿Grito? No, no, ni ahí, no es un grito.
Parece, pero no. Es que con tanto ruido alrededor, tantas redes sociales,
tantos intratables, tanto insulto, tanto opinador exaltado, es difícil escuchar
las auténticas, profundas, voces que compartimos. Pero sé que ahí están.
Es como si fueras por la calle y se te hiciera bien sonoro
el latido de los corazones que pasan. Juntas todas, insisten. Enérgicas, agónicas,
mordientes, hartas de esperar, rehogadas en dogmas, consignas, eslóganes,
fritas en pasado. Recalientes, desesperadas por salir.
Reclaman. Quieren hacer su declaración de principios y de
fines. En su esfuerzo por convertirse en algo que pueda ser visto y discutido,
se vuelven ácidas, irónicas, brutales. Arden en un fuego interior de llama
constante. Crujen, hacen rechinar los dientes durante el sueño. No tienen
forma, ni corpus de discurso, nada que pueda ser valorado, clasificado,
nombrado al menos. De tal modo que, en esta intimidad, en el refugio de un
texto escrito y conversado entre dos, será solo eso que llamaremos “la cosa”.
¿Te pasa que, por alguna razón, intuís que “la cosa” está,
sigue ahí? ¿Que hay algo en el aire, en el clima social que la anuncia? El
humo, el rodar de piedras y, en un instante, el estallido, la erupción de lava
humeante arrasando todo a su paso. ¿Cuándo? ¿Cómo? De pronto, las mujeres se
alzan desde el fondo del mar como un tsunami que voltea muros, paredes,
prejuicios y poderes armados, religiosos, políticos, económicos, culturales,
montados, instalados durante siglos.
¿Percibís el temblor, la furia del viento que se arremolina
y amontona en un rincón, caretas, versos, papeles, hojas muertas de periódico,
toda la basura que va dejando la historia? ¿Ves, como veo, la pila de
monseñores, de obispos, de pederastas, de abusadores, de residuos, de Felipes
Solás, de Guillermos Morenos, de Moyanos, de Barrionuevos, de Patas Medinas. de
De Vidos, Jaimes, Sciolis, de Amadeos, de De Mendiguren, de Aníbales Ibarras y
Fernández? Intercambiá unos nombres por otros. No se trata de quiénes o de
cuántos, de tipos más o menos miserables, canallas o corruptos, de gobiernos o
de ideologías. Es algo más adentro, más abajo.
“La cosa” es lo que sucede con cada uno de nosotros mientras
el día a día sigue y, en el trámite de sobrevivir, nos da la impresión de que
el de hoy no fue diferente al de ayer. Es así, nada, nadie cambia frente al
espejo cada mañana. Pero basta la foto de los que van presos, el recuerdo de lo
que hicieron, una mirada honesta sobre la realidad, para entender que
lentamente algo pasó y pasa.
Deberíamos rebuscar
en nuestro insaciable deseo, como perro que desentierra un hueso, hasta
encontrar aquello que soñamos y podemos ser. Acariciar el terreno de los hechos
y los datos con la palma de la propia mano, olfatear el siglo, mirar más allá,
orientar las orejas como los gatos. ¿Somos de los que, de algún modo, sin más
que dar, con tremendo esfuerzo, ganas y voluntad, soplamos el viento a favor, o
nos dejamos voltear por las violentas ráfagas contrarias? Ese mal aliento de la
impotencia y la resignación que respiran las mafias instaladas, empresarias,
políticas, sindicales
¿Oyen? Hay algo ahí. ¿No? Es posible que no, entonces. Tal
vez esté equivocado. Será que estoy escuchando a Charly. “Yo solo tengo esta
pobre antena/Que me transmite lo que decís/Una canción, mi ilusión, mis penas/Y
este souvenir... Tomalo con calma/La cosa es así/Ya se hace de noche/Me tengo
que ir...”.
(*) Periodista
© Perfil.com
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