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Por Gustavo González |
Corea del Norte y del Sur viven al borde de una guerra desde la que
libraron en 1953 y casi termina en Tercera Guerra Mundial. Entre ambas
construyeron la grieta más extensa que hizo el hombre: mide 238 kilómetros de
largo por 4 de ancho. Se la conoce como Paralelo 38, y separó por siempre a los
coreanos.
Sin embargo, cuando visité la Norcorea de Kim Il-sung me sorprendió que
allí se hablara de los surcoreanos como sus hermanos y que lloraran recordando
historias de desarraigo. Lo hacían pese a una propaganda bélica constante en
contra de su vecino.
De un lado de la grieta quedaron coreanos pobres; del otro, ricos.
Kim Jong-un es el nieto del líder de la
revolución norcoreana y, como su abuelo, la moderación no está entre sus
cincuenta principales características. Pero esta semana sorprendió al mundo al
proponer que su país participe de los próximos Juego de invierno en Corea del
Sur, a modo de aparente prenda de paz. El presidente surcoreano Moon Jae-in
aceptó rápido negociar la propuesta.
Dilemas argentinos. A 19 mil kilómetros de distancia hay otra grieta
con toques argentos. Menos lacerante, claro. El país cerró 2017 con choques
callejeros que dejaron decenas de heridos en torno al Congreso. Un broche de
oro de otro año en el que la sociedad estuvo partida entre los que creen que Macri
es la dictadura y los que piensan que el kirchnerismo representa un violento
aluvión zoológico.
El año de elecciones y Cristina candidata sensibilizaron más a cierta
corteza cerebral argentina que compró la táctica electoral de unos y otros.
Amigo/enemigo, pasado/presente, bueno/malo. Macristas y kirchneristas sostienen
que la grieta viene de abajo hacia arriba. Lo que no reconocen, al menos en
público, es que la dicotomía del blanco/negro les permitió trabajar mejor la
estrategia electoral, que es compleja en su elaboración pero debe ser simple en
su comunicación.
La grieta puede venir de abajo hacia arriba, pero arriba se la toma, se
la encuesta, se la marketinea y se la mediatiza. Y luego desciende con más
fuerza para reiniciar el círculo tóxico.
Los medios somos parte de ese mundo bipolar. Hay ejemplos diarios, como
el de esta semana, cuando el ministro de Transporte anunció aumentos y un nuevo
sistema de pago a través de la tarjeta Sube.
La primera nota que subió Clarín se tituló “Guillermo
Dietrich: ‘Los que más viajen van a pagar menos’”. La segunda:
“Aumento en el transporte: habrá descuentos de 50% en el segundo viaje y de 75%
en el tercero”. Lejos del “vaso medio lleno” de Clarín, Página/12 mantuvo como
título de su portal “Tarifazo en el transporte”.
En el medio quedaron Lanacion.com con dos notas informativas (“Claves
del aumento de transporte” y “Cuánto costará viajar desde febrero”) y
Perfil.com con una nota que reflejaba la magnitud del aumento
(“Desde junio, el colectivo valdrá $ 10 y el subte $ 12,50”) y otra más
positiva (“No habrá que hacer trámites para recibir el descuento por combinar
transportes”).
Los periodistas atravesamos el mismo dilema que los políticos: ¿abonar
la grieta con contenidos acordes para que nos vuelvan a leer/votar, o hacer
periodismo más allá de lo que esperan las audiencias?
El dilema es de difícil solución porque los medios necesitan, como los
políticos, que sus audiencias crezcan. ¿Se debe alimentar la grieta con miradas
unidireccionales para tener éxito? ¿Es posible una prensa independiente de
cualquier sector, con la esperanza de cosechar audiencias no agrietadas y al
mismo tiempo suavizar el enfrentamiento social? ¿Cuántos se sienten
subestimados al ver que la realidad no es solo como la cuentan los periodistas de
Corea del Norte o los del Sur?
Grieta y desarrollo. Pero lo que para los periodistas es un dilema
profesional, para los gobernantes debería ser su dilema de gestión. Porque la
grieta que sirve para ganar elecciones es la misma que puede servir para
perderlas. O para perder la chance de lograr un desarrollo económico
sustentable.
Esto es lo que creen en el mundo muchos analistas: las sociedades
partidas por distintos tipos de conflictos (religiosos, étnicos, culturales,
ideológicos) son menos proclives a generar crecimiento sustentable.
El Nobel de Economía Simon Kuznets explicaba que hay cuatro tipos de
países: desarrollados, subdesarrollados, Japón y Argentina. En Por qué fracasan
los países, Acemoglu y Robinson toman a la Argentina como un caso testigo
(también a Corea del Norte).
El fracaso nacional (al menos el fracaso de no poder unir lo que suponemos que debemos ser
con lo que somos) reeditó en los últimos años un auge del enfrentamiento
ideológico que hiere el “capital social” argentino.
El uso del concepto “capital social” se remonta a principios del siglo
XX, pero recién en los 60 se lo vincula con el desarrollo económico, y a
mediados de los 80 es Bourdieu quien piensa que es incompleto ligar el Capital
solo al dinero. Define al capital social como “el agregado de los recursos que
se vinculan con la posesión de una red duradera de relaciones más o menos
institucionalizadas de conocimiento o reconocimiento mutuo”.
Desde entonces se estudia la relación entre las crisis de desarrollo con
las crisis interpersonales y la pérdida de confianza en ciertos valores.
Algunos incluso intentan cuantificar el costo económico concreto que pagan las
sociedades por ese tipo de conflictos.
Fukuyama es un duro crítico del neoliberalismo (aunque quienes no lo
leyeron lo consideren su apóstol) que 15 años antes de la llegada de Trump
escribió La gran ruptura. Allí publicó infinidad de indicadores que mostraban
una ruptura social que anticipaba la grieta estadounidense. Releerlo hoy ayuda
a entender a Trump como el emergente de una crisis económico-social gestada por
años.
Uno de los mayores expertos en el tema es Robert Putnam, quien habla del
capital social como “confianza, normas y redes que pueden mejorar la eficiencia
de la sociedad”. Cree que tal capital se acumula históricamente (así como se
acumula la falta de confianza) y que ese es el germen de desarrollo de una
comunidad.
La confianza interpersonal en la Argentina es baja. El reciente
estudio de Latinobarómetro señala que solo el 20% de los argentinos cree que se
puede confiar en la mayoría de las personas. El “no pongo las manos en el fuego
por nadie” es una frase socialmente aceptada. Cristina
Kirchner lo dijo hace tres meses para referirse a sus ex
funcionarios, agregando que solo las ponía por ella y sus hijos. (Qué quebrados
estaremos que el mensaje que baja una ex presidenta, electa dos veces y con un
importante nivel de representación, es que no confía profundamente en nadie).
Desconfío. Una sociedad desconfiada del otro es una sociedad que no transmite confianza al otro. El “otro” es el que teme abrir un taller, contratar personas, tomar un crédito o asociarse con un vecino. El “otro” es el inversor que duda de traer su dinero a una sociedad dividida, con dirigentes que atizan el fuego, ex presidentes que no se muestran juntos y jueces volátiles. Miguel Bein lo dice así: “La inversión depende mucho de la política; si el país sigue con esta grieta va a ser muy difícil. Si no conseguimos consenso, a la economía le va a costar mucho crecer aceleradamente”.
En Corea, tras insinuarse aquella mínima posibilidad de paz entre Norte
y Sur, se volvió a activar después de mucho tiempo el teléfono rojo. Fue el
miércoles, y se dio este diálogo:
Sur: ¿Hay algo que reportar?
Norte: No. Si hay algo que notificar, los contactaremos.
No parece un gran paso, pero siempre se empieza por algo.
En la Argentina, el Gobierno debería aprovechar que no es un año
electoral para dar un primer paso y transmitir mensajes explícitos para superar
la grieta. Si Kim Jong-un lo hizo...
Los beneficios económicos que se obtendrían le servirán más que
cualquier otra estrategia electoral.
© Perfil
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