Por Arturo Pérez-Reverte |
Cada día transcurrido, cada página leída, cada
frase cazada al paso, es una lección interesante, incluso cuando llevas 65
tacos de almanaque deshojados en la mochila. Y más si no perteneces al grupo de
los recolectores, sino de los cazadores, y caminas por la vida con los ojos y
el zurrón abiertos y la escopeta lista, en esa tensión especial que permite
apropiarse de todo cuanto se pone a tiro, para luego sacarle punta. Incluso
nimiedades aparentes dan buen juego, si las destripas bien.
Pensaba hoy en eso,
después de leer algo en internet, en uno de esos blogs modestos, casi
personales, poco seguidos, pero que a menudo contienen material interesante,
impresiones, ideas que hacen reflexionar. Y éste es el caso, porque el bloguero
-joven, sin duda-, mencionando de pasada y en tono afectuoso una novela mía, la
última, apuntaba a modo de elogio: «En el trabajo de documentación,
se nota que Pérez-Reverte sabe moverse muy bien por Wikipedia».La frase es simpática, y no puedes menos que agradecer
la buena intención. La amistosa ingenuidad. Luego echas un vistazo a las otras
entradas del blog, consultas la escueta biografía del autor, confirmas su
juventud y atas cabos, lo que te lleva a una conclusión inevitable y en cierto
modo triste, no sobre ese bloguero en particular, sino sobre cierta manera cada
vez más frecuente de abordar el asunto; sobre la idea que poco a poco se va
asentando en las nuevas generaciones de lo que es documentar algo; sobre cómo y
por dónde acceder a los conocimientos que actuarán como mecanismos de
comprensión y análisis a la hora de plantearse un artefacto narrativo, una
mirada histórica, un hecho cultural o intelectual. Lo estremecedoramente fácil
que resulta, hoy, contentarse con una mirada superficial, con un resumen
apresurado hecho por desconocidos, con simples referencias no siempre
contrastadas, no siempre rigurosas, no siempre minuciosas, no siempre fiables.
Carentes de la autoridad que el tiempo y el rigor, los autores de prestigio y
el aplauso de lectores cualificados, dan a las grandes e imprescindibles obras.
Bien pensado, el asunto inquieta. Yo mismo, cuando
trabajo en una novela, recurro con frecuencia a internet. Por supuesto. Pero
ésa es sólo una pequeña parte del conjunto, y sé que hay cosas que debo hallar
en otra parte. Sin embargo, para muchos jóvenes con inquietudes, con buena
voluntad, documentar una novela o un libro cualquiera, acudir a la Historia o a
la Ciencia como material de trabajo, significa exclusivamente acudir a
Wikipedia. A internet, y punto. Esa fuente documental parece lo más natural del
mundo. Y eso se ve fomentado por un sistema educativo que cada vez depende más
del teléfono móvil, de la tableta o la enseñanza digital, y desprecia las
fuentes clásicas y tradicionales, negando a los jóvenes el hábito de moverse
con soltura en fuentes más serias; de familiarizarse con textos solventes,
anotar, marcar, comparar, completar. Cada vez queda más lejos, no sólo de la
intención, sino de la imaginación, adquirir o consultar libros, trabajar en
hemerotecas y bibliotecas, visitar escenarios reales. Ni pasa por la cabeza
otra cosa que ir a lo fácil. Para qué consultar el Espasa, la Encyclopaedia Britannica,
el Summa Artis, la colección completa de Blanco y Negro o el Diccionario Biográfico de la Academia de la
Historia; para qué leer a Galdós, Valle-Inclán, Baroja o Clarín, si con un
teclazo lo tienes todo resumido en medio folio. Para qué visitar un museo, para
qué viajar a una ciudad con un antiguo mapa y un bloc de notas, pudiendo teclear
en el buscador de internet y hasta pasear virtualmente por las calles de Osaka
o San Petersburgo.
La consecuencia de todo esto es que, cada vez más,
quienes de esta forma limitan su propio conocimiento aplicarán esos límites a
cuanto se les ponga delante. Juzgarán el mundo no por lo que éste tiene y
ofrece, sino por la reducida visión que de él tendrán ellos. Y aquí no puedo
menos que recordar al querido José Luis Sampedro, economista y escritor, que
una tarde en la Real Academia Española, mientras charlábamos con Antonio
Mingote y Gregorio Salvador, lamentó, con bondadosa e irónica resignación, que
cierto crítico literario hubiera encontrado en su novela La vieja sirena presuntas influencias del
best-seller de Mika Waltari Sinuhé el egipcio:
«Te pasas la vida leyendo a Homero, Herodoto, Jenofonte o Plutarco, y luego
empleas dos o tres años de tu vida en trabajar con todos esos libros abiertos
alrededor, para que al final juzgue tu obra un pobre hombre que sólo ha leído Sinuhé el egipcio».
© XL
Semanal
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