Por Ernesto Tenembaum
Lula era distinto. No había sido cómplice de la dictadura ni
se había dedicado a hacer negocios en los años de la represión: al contrario,
había sido el líder sindical de la resistencia. No era un millonario sino un
líder obrero.
No provenía de un partido tradicional, anegado por la corrupción,
sino que conducía una construcción totalmente distinta probada durante años en
la administración limpia y eficiente de municipios. Estaba rodeado por
dirigentes que habían soportado pruebas personales durísimas durante la
resistencia, entre ellas la cárcel y la tortura. Lula no había cedido a la
presión social para aliarse con fuerzas conservadoras, pese a haber sido
derrotado una y otra vez en las elecciones presidenciales. No era militar ni
golpista como Hugo Chávez, no había participado de la fiesta de los noventa
como los Kirchner. Su llegada al poder en el 2002, en uno de los países más
poderosos del mundo, fue el comienzo de una era de esperanzas en todo el
continente. La caída del PT en medio de escándalos de corrupción, aislamiento
político y una gravísima crisis económica es, por eso, una de las historias
políticas más tristes de estos años. No solo es la derrota de un Gobierno sino,
peor aún, la de una ilusión: en algunos sistemas políticos no se puede confiar
ni siquiera en los mejores, en los más limpios.
Existe una muy razonable tentación de comparar a Dilma con
Cristina Fernández de Kirchner. El ascenso y caída de los proyectos políticos
que llevaron a ambas a la presidencia fueron contemporáneos. Ambas heredaron el
poder de dos hombres que fueron sus líderes y, por razones muy distintas, pasaron
a un segundo plano luego de haber gobernado en tiempos de opulencia. Más allá
de los conflictos, ambas fueron parte de una alianza latinoamericana que, sin
Brasil y la Argentina, no hubiera tenido la fuerza que adquirió. Los
paralelismos podrían llenar varias páginas. Cuando empezaron a tener problemas,
ambas denunciaron la existencia de conspiraciones golpistas, las dos eran
acusadas de comunistas o de dictadoras sin haberlo sido, las denuncias de
comprobados casos de corrupción afectaron a figuras centrales de sus gobiernos,
las peleas con la prensa fueron cotidianas, los partidarios de una tienen, en
general, una fuerte identificación con la otra.
Pero también hay puntos de contacto entre Dilma y Fernando
de la Rúa. ¿O la manera en que Dilma se irá del poder no se parece a nuestro
2001, dada la crisis económica brasileña, la interrupción del mandato
presidencial, y la bochornosa sesión parlamentaria donde se celebrara el
triunfo de una conspiración, tan parecida en estilo a la asunción de Rodríguez
Saa? E, incluso, se podría especular con el destino que le esperaba a Daniel
Scioli, si asumía con poco poder político, un congreso ajeno, un vicepresidente
enemigo, en medio de una crisis delicada.
¿Y Macri?
Una diferencia central entre el PT y el Frente para la
Victoria kirchnerista es que el primero era venerado incluso por el arco
económico argentino. Los kirchneristas lo percibían como un aliado pero también
lo reconocía así el establishment, que distinguía a Lula como un izquierdista
racional, una grata sorpresa, que articulaba relaciones sensatas con los
Estados Unidos, había apoyado las últimas medidas de su antecesor y hecho
esfuerzos enormes por no quebrar la relación con los mercados financieros, que señalaban
a Brasil como un contraejemplo de Venezuela y, a veces, de la Argentina. Hoy ya
nadie recuerda esas recomendaciones, pero el fracaso del PT también es, en ese
sentido, el de quienes hoy se sienten triunfadores frente a esas derrotas, el
de sus recetas en diversas áreas, como el control de capitales.
Lula llegó tan limpio como pudo al poder, pero rápidamente
se recostó en las estructuras partidarias tradicionales, a las que entregó
mucho dinero, porciones de poder político territorial y parlamentario, a punto
tal que de allí surge el vicepresidente de Dilma, que hoy es el principal
conspirador. El dinero empezó a circular y manchó todo, incluso a ex líderes
guerrilleros como José Dirceu, mano derecha de Lula durante los largos y épicos
años de resistencia y organización política. Pero, con todo, Lula era un
personaje extraño para la corporación política y de negocios del Brasil.
Mauricio Macri no lo es. Por vía personal, familiar, de
múltiples amistades, su nombre aparece vinculado con innumerables negocios en
los que el periodismo ya ha comenzado a husmear con mucho interés. En su nota
de ayer en La Nación, Carlos Pagni informa que el abogado Fernando Burlando
seguramente reemplace a Daniel Rubinovich, quien actualmente defiende a Lázaro
Báez. Y aclara: "Un alivio para Mauricio Macri: Rubinovich compartió el
estudio, en Cerrito 1294, con Ricardo Rosental, que patrocina al Presidente en
el caso de los Panamá Papers. No es la única coincidencia. Para el expediente
civil, Macri acudió al estudio Llerena, que tiene entre sus socios a Tomás
Martínez Casas, en otro tiempo letrado de SGI, La Rosadita". Luego abunda:
"El problema de la sinceridad es que cuando estalla, es expansiva. Las
confesiones pueden enredar a Diego Santilli, el vicejefe de gobierno porteño, y
a quien fue su hombre de confianza, Jorge Milito, denunciados hace nueve años
por Miguel Bonasso por presuntas vinculaciones con la firma Sol Group,
intermediaria de contratos de publicidad".
El descubrimiento por parte de Hugo Alconada Mon sobre la
existencia de una empresa off shore en cuyo directorio figuraba Mauricio Macri
generó perplejidad en la Casa Rosada, pero por razones distintas a las que
preocupó el cuerpo social. Durante una reunión de funcionarios, uno de los CEO
que ocupa un cargo relevante en el gabinete expresó su sorpresa. "No
entiendo este lío. ¿Quién no tiene una empresa en Panamá?". Eran diez.
Sólo dos levantaron la mano para decir que ellos no.
El PT se sumergió progresivamente en los barros de la
política y los negocios. El PRO, en muchos casos, emerge desde allí. La semana
pasada, Julio De Vido deslizó una nada sutil advertencia al recordar que Lázaro
Báez recibía contratos similares a los que beneficiaban a Angelo Calcaterra, el
primo hermano del Presidente y que, en varias oportunidades, trabajaban como
socios. La historia de las concesiones de obras públicas de los últimos años,
que pasaban todas por De Vido, incluyen también al mejor amigo del Presidente.
No es nada agradable imaginar lo que ocurriría si un juez federal se volviera
contracíclico al estilo de Sergio Moro y, de repente, empezara a investigar
estos detalles donde el presente y el pasado se entrelazan el uno con el otro.
Desde Costa Salguero, hasta el dólar futuro, aparecen siempre nombres
vinculados al PRO, personas que tienen algo para explicar: una concesión
escandalosa, un estudio jurídico compartido, un hipódromo en sociedad con
Cristóbal López, un aporte de campaña por parte de ejecutivos de empresas
proveedoras del Estado, que tenían prohibido dar plata, manipulaciones de
jueces y de fondos del fútbol y así. Esos numerosos detalles son los que
permiten a CFK y los suyos anclar la curiosa campaña que se podría denominar
"estamos todos igual de sucios".
En el Gobierno nadie habla en público de esta sucesión de
hechos incómodos. "Mauricio tiene su pasado. Con mayor o menor detalle,
todo el mundo conocía al votarlo, una y otra vez, la historia empresaria de su
familia, sus vínculos políticos, y los negocios que se le cuestionaron. Ya dio
ese examen. La pelea contra la corrupción se va a dar ahora que está en el
poder. Está dispuesto a meter en cana a cualquiera. Va a hacer un gobierno
transparente", aseguran.
Se verá. Por lo pronto, la caída del PT de Lula no es solo
un reflejo del kirchnerismo sino una advertencia para el nuevo poder emergente.
Instala la posibilidad de que un presidente, si tiene una fuerza minoritaria en
el Parlamento, sea desplazado sin demasiadas razones, por la mera fuerza de la
mayoría. Pensar que los pecados de hoy no se pagarán mañana es un mecanismo
negador que, tarde o temprano, pasa facturas muy caras.
Por lo pronto, el cambio político abrupto que se está
produciendo, casi al unísono, en los países de la región refleja, en principio,
que sus sociedades deberán aprender a vivir sin el boom de las commodities,
pero también sin los ideales y esperanzas de otros tiempos.
Y, encima, con el odio a cuestas
"Se puede decir que lo que podríamos definir como
política del odio, comenzó en Brasil en la década del 1950, ejecutada por la
Unión Democrática Nacional (UDN) contra Getulio y sus aliados. En la década de
1980, muerta hacía tiempo la UDN, el PT llevó para la izquierda ese estilo enragé de hacer política. Ese estilo hoy se generalizó y,
en ese sentido, no hay inocentes. En la elite política, gran parte de ella
formada por la última dictadura, hay también una visible ausencia de líderes
capaces de practicar el arte de la negociación, inherente a cualquier sistema
democrático consolidado", declaró esta semana a El País, José Murilo de
Carvalho, uno de los más prestigiosos historiadores brasileños.
Si se le cambian un par de datos, es toda una reflexión
sobre la Argentina.
Toda una herencia, un desafío, un retrato de lo que no fue.
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