domingo, 11 de octubre de 2015

Ficción nacional

Por Tomás Abraham (*)
¡Cuánto ha cambiado nuestro país en apenas cuatro años! En octubre del 2011 la presidenta Cristina obtenía 54% de los votos, y quien la seguía, Hermes Binner, 16,5%. Por esas costumbres que sólo se aprecian en la política, en el búnker del Frente Progresista celebraban el segundo puesto. Los adherentes socialistas y afines se auguraban a sí mismos un futuro promisorio.

Hoy nada es igual. La ciudadanía tiene otras preferencias, en realidad, ya no tiene preferencias, ahora lo que tiene son rechazos escalonados.

Los encuestadores consultan a grupos representativos para saber a quién quieren votar. Resulta que votos más o votos menos, los muestreos coinciden en que el 60% del electorado no lo quiere a Scioli, un 73% no lo quiere a Macri, otro 80% tampoco a Massa, y alrededor de un 95% no quieren a Margarita Stolbizer ni a Del Caño. Me olvidé que un 98% no quiere que sea presidente Rodríguez Saá.

Si tomamos en cuenta la supuesta ausencia del candidato del FpV (¿están tan seguros de que no estuvo presente?) en el debate televisado, el promedio entre los cinco candidatos a la presidencia nos da que el grupo como tal es rechazado por el 88,2% de la ciudadanía si es que se pudiera mezclarlos para hacer de ellos un único candidato.

Vocaciones. La pregunta es ¿por qué esto es así? Los operadores antigobierno disfrazados de periodistas dicen que el debate fue un éxito y que es un paso adelante en nuestra educación democrática. Un 10% promedio de rating correspondiente a un 88% de un electorado que rechaza a los candidatos que no debatieron sobre nada, puede ser calificado un éxito… para quienes vieron otro canal.

Vuelvo a la pregunta anterior. Es cierto que nada obliga a un candidato a ser un buen comunicador.

El padre. Hay ejemplos de políticos que no tuvieron facilidad verbal, ninguna idea, cero de carisma, una estampa anodina, una fragilidad preocupante, en ellos se inspira Mauricio Macri. Es casi inevitable que nos pongamos a imaginar el origen de la vocación del jefe del PRO para querer ser presidente de todos los argentinos, no sólo de la mitad más uno, sino de todos.
El padre, ahí está el misterio. Tener un padre rico, poderoso, seductor, pionero, hasta famoso, obliga al hijo varón a encontrar un nicho en el que destacarse. Por supuesto que es imposible para el heredero transitar por el mismo camino que su padre.

El deporte, no, no anduvo. Ser un Ginóbili, un Messi, un Di Palma, un Harriott, no se dio el caso. Un actor glorioso, tampoco. Un artista bohemio, maldito, sin una oreja, dormido sobre el estaño para vergüenza de la familia y esperanza de una posteridad inmortal, no daba el perfil. Después de consultar a la astróloga, y descartar opciones imposibles de realizar, quedó la única alternativa posible: ser mandatario. Primero de Boca, después de la Ciudad, y luego del país. No se da en todas las familias que el vástago que no demuestra un talento especial, el cónclave parental  decida finalmente, que lo mejor que puede hacer para no tener un descendiente moroso toda la vida, es que sea presidente de los argentinos. Ahí estamos, y ahí está el candidato, con ciertas dificultades. 

Eslabón perdido. Margarita no quería ser presidenta de los argentinos, pero se le dio la oportunidad. Un buen día del antiguo UNEN se soltó una pieza; el candidato santafecino sin decir una sola palabra, como era su costumbre, volvió a sus pagos, y la cadena quedó rota. Después de una larga búsqueda, se encontró al eslabón perdido, y ahí está, con otras dificultades. Estimo que el principal escollo de Stolbizer es el punto y aparte. No puede parar de redondear una frase y hacer una pausa. Es una cinta sinfín que marea al oyente que no tiene la posibilidad de frenar el dispositivo para volver a escuchar lo anterior y hacerse una imagen global de lo que quiere trasmitir. El tono monocorde no la ayuda.

Mano dura. Respecto de Massa algo se puede decir. No quería ser presidente, su sueño era la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Un día varios intendentes peronistas del Conurbano, el rico y el pobre, se juntaron para resistir los embates de La Cámpora y del FpV que se les metía en los municipios. Arremetieron con Massa de vocero contra Cristina eterna, y ganaron.

Todo el mundo quedó despatarrado, acéfalo, no habríamos de llegar a las mil cadenas nacionales. Hubo que redistribuir el mazo. Aparecieron Jesica Cirio, la señora Galmarini, la señora Rabolini, una nueva Argentina nacía. Y el candidato eligió el tema que más le convenía: la mano dura. De ahí que en el debate fue el único que lanzó una propuesta concreta: el Ejército, la Marina y la Aviación, a las villas. Es una pena que se haya olvidado del fútbol, porque podría haber aprovechado la movilización de las tres fuerzas armadas para intervenir y rodear las canchas con el fin de garantizar la presencia de las hinchadas visitantes en los estadios.

Sin hijos. Lo que sin duda llamó la atención en el debate es el candidato del Frente de Izquierda Nicolás del Caño. Nada sorprende de que un émulo de León Trotsky quiera ser presidente de los argentinos; los he escuchado hablar durante horas en las asambleas universitarias hace medio siglo y ya eran anacrónicos. Por lo general su verba era profusa y sus argumentaciones contundentes por lo interminables.

Del Caño parece del PRO, un muchacho joven, prolijo, con buenas intenciones, en nada semejante a sus camaradas que rompen los rectorados cuando no se vota lo que quieren, y que nos torna incomprensible que le haya ganado la interna a un señor burgués, experimentado, y respetable como Altamira.

En una entrevista radial decía que guardaba $ 10.000 de su sueldo legislativo para donar el resto a la caja militante, y que con su esposa maestra de turno simple con siete mil pesos de ingreso, apenas llegaban a fin de mes por lo que por ahora no pensaban en tener hijos. Al mismo tiempo, la propaganda de su partido tiene como lema de campaña que todos los diputados y senadores no ganen más que los maestros, por lo que tampoco tendrán hijos si no los tienen. Puede ser que ya no sea suficiente decir que gobernar es poblar, pero tampoco debemos extremar en sentido contrario y creer que despoblar pueda ser gobernar.

Picardía. De Rodríguez Saá sólo nos queda agradecerle esa cuota de menemismo pícaro que nos trae de su provincia. Llegar a los guarismos en los que el 98% no quiere saber de él, superando en medio punto a la descalificación, le permiten ser candidato y mostrarse por TV como un puntano feliz.

Ficción. Volvamos al comienzo, a la supuesta ausencia de Scioli, el menos rechazado por los ciudadanos; recuerdo que cuando era secretario de turismo de Duhalde, dijo que la cultura era importante porque favorecía el turismo. Siempre retuve esa idea no porque fuera brillante, sino para guardarla como un objeto raro. Hasta ahora era la única que tenía de su autoría, pero me entero que está por estrenar un Programa de Estímulo y Desarrollo de la Ficción Nacional: el debate del otro día debe haber sido su lanzamiento.

(*) Filósofo - www.tomasabraham.com.ar

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