martes, 11 de agosto de 2015

La máquina de hacer poemas

Por Guillermo Piro
Hans Magnus Enzensberger, uno de los escritores alemanes más agudos y polifacéticos del siglo XX, presentó en el festival Lírica en el Río Lech, en julio de 2000, una invención que creía destinada a revolucionar el mundo de la poesía. El aporte podía incluso llegar a cambiar lo que Enzensberger suponía –y probablemente siga suponiendo– que es la función (entendida como un estado espiritual o un fenómeno psicológico) de la poesía; eso que en palabras de Macedonio Fernández sería más o menos el reflejo de lo que pasa en el alma del poeta cuando percibe sentimentalmente la realidad y acepta dolorosamente la contingencia.

Lo que Enzensberger inventó fue una máquina capaz de crear poemas en cantidades industriales sin repetirse nunca. Un sueño que comenzó a alimentar en los años 70 y que vio la luz gracias –signo de los tiempos– a un programa informático. El sueño del poeta costó 200 mil marcos de entonces, unos 100 mil dólares de ahora.

El invento se llamaba, algo previsiblemente, Poesie-Automat, tenía la apariencia de esos paneles de arribos y partidas que hay en cualquier aeropuerto y funcionaba sencillamente oprimiendo una tecla. El poema resultante siempre tenía seis versos. La Poesie-Automat producía un poema cada treinta segundos, y como esa capacidad de producción era inagotable, se calculaba que en poco tiempo habría fabricado un número de poemas superior a toda la producción hasta entonces creada por la humanidad. (De hecho, la máquina existe aún y sigue funcionando en el Museo Literario de la ciudad de Marbach.)

Como casi toda la obra de Enzensberger, el invento era lo suficientemente inquietante como para abrir ciertos interrogantes. Algunos de ellos se pudieron oír en la conferencia de prensa donde presentó su invento. Por ejemplo: ¿quién sería el autor: el inventor o el que hacía uso del programa? ¿O la máquina? ¿La entrada en actividad de esta máquina señalaría el fin de una de las actividades más viejas y prolíficas del arte? Enzensberger no se atrevió entonces a responder ninguna de estas preguntas. Lo que sí dijo fue que todo lo que  pretendía era que su invento oficiara de patrón: “Quien no es capaz de escribir una poesía mejor que una máquina tiene que dedicarse a otra cosa”, dijo. De todas formas, el resultado no salió como estaba previsto.

Enzensberger esperaba que su máquina fuera capaz de producir poesías anónimas, pero con sorpresa pudo constatar que todos los versos tenían algo de enzensbergeriano. Evidentemente, algo de la personalidad de quien elabora el programa se transfiere al software. ¿Eso quiere decir que la computadora había asimilado su estilo? No necesariamente, porque la computadora nunca resultó ser tan buena como él.

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