sábado, 8 de agosto de 2015

Insoportable levedad

Los dos principales candidatos hacen cuentas y se plantean escenarios posibles. 
Los complejos roles de CFK y Massa.

Por Roberto García
Los dos transpiran miedo. A pesar de que la compulsa de mañana es apenas indicativa, un ensayo. Uno, Daniel Scioli, por no alcanzar un piso del 40% y mantener con su segundo una diferencia superior al 10%: juega casi todo a la primera vuelta del 25 de octubre. El otro, Mauricio Macri, soñando por llegar y protagonizar la segunda vuelta, trata de estrechar un margen inferior al 10% que lo mantenga en carrera los próximos dos meses para los primeros comicios en serio. Ser un Néstor Kirchner, vencido inicialmente por Carlos Menem y posible ganador en la final.

El tercero en discordia, Sergio Massa, padece menos pánico. Su matemática es más elemental: debe lograr que su número de votos (sumando los de su porfía interna con José Manuel de la Sota) empiece con un dos, para despolarizar lo que ya muchos han consagrado como una polarización.

A los tres cualquier ruido los conmueve en la oscuridad del suspenso, un limbo angustiante en el que transcurrieron otros participantes anteriores con el mismo sino: duermen poco, trajinan, viajan, se asustan. Ninguno, sin embargo, manifestó la diarrea que acometió sobre un nervioso candidato luego presidente que, ante falsos guarismos desfavorables, sucumbió y, luego de bañarse, se metió en la cama esperando el triunfo. Es que todo tipo de acontecimiento puede sobrevenir cuando todavía falta una eternidad para la primera definición que los acerque a la Casa Rosada.

Si hasta una lluvia copiosa y posterior inundación en la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, comenzó a lastimar la ventura de ScioliUna catástrofe imponderable para una campaña ya desgarrada en la última semana por el escándalo que convirtió a uno de sus postulantes bonaerenses, Aníbal Fernández, en presunto responsable de un triple crimen ocurrido hace siete años, teñido además por la vinculación con el narcotráfico (segundo tema de preocupación en la masa de los ciudadanos).

Fue un meteorito la acusación de dos personajes endebles y con baja credibilidad –uno condenado a reclusión perpetua–, de impredecible incidencia electoral, pero que el jefe de Gabinete convirtió en una deflagración de mayor amplitud: antes de cargar sobre los opositores extraños a su franja partidaria (léase Macri, Massa, Carrió o Sanz), obnubilado y con exceso de información, entendió que la denuncia provenía de su propia internade sus malévolos compañeros y a ellos enrostró la paga inventiva de una campaña sucia en su contra. Generó más confusión, no sólo entonces lo perseguían Clarín y Jorge Lanata.

Su rival en las PASO, Julián Domínguez, quiso sacarse el sayo culposo y dijo que lo llamó a Fernández dos veces para solidarizarse y dar explicaciones oportunas. Añadió: “Y Aníbal no me atendió”. A su vez, presto, Fernández replicó subiendo la apuesta: nunca, nadie me llamó. Mienten.

Por si fuera poco, como la maniobra quizás excedía al propio Domínguez y a su socio Fernando Espinoza, advirtió que los reportajes con las denuncias habían ocurrido en un presidio de la Provincia, luego de varias entrevistas, razón por la cual imaginaba que figuras de mayor magnitud habían colaborado en urdir esa conspiración. O, al menos, habían omitido intervenir. Pareció señalar en su ira a entornistas de Scioli, como Alejandro Granados y Ricardo Casal, tanto que éste dejó trascender que él le había advertido a Fernández de esas reuniones sospechosas en el penal. Y que el jefe de Gabinete les restó importancia a esos susurros personales.

No hubo careos, siguen las tinieblas y, con más de 48 horas de dilación, la propia presidenta debió cambiar la mira sobre los culpables del escándalo, apartarse ella misma de él y, en exclusividad, le colgó las imputaciones de la intriga a Elisa Carrió (quien se hizo cargo de uno de los denunciantes) y obviamente al monopolio mediático. Ya era tarde. Difícil saber si el episodio tendrá consecuencias electorales sobre la candidatura de Fernández y de Scioli.

Por un lado, habrá quien rescate como favor una consigna de Perón (“somos como los gatos, cuando más nos peleamos, más nos reproducimos”) y, por el otro, la certeza opositora de que conviene cortar boleta a favor de Fernández para que pase herido, a desguazar luego, acompañando a Scioli en la contienda final. Es que Domínguez es neutro, se puede ocultar en la tira de nombres, mientras Fernández dispone de otra estatura controversial, recoge generosas antipatías y su presencia en la boleta para octubre podría ser más una carga pesada que un legado beneficioso. Tan verosímil es esa jugada opositora como la actitud del peronismo porteño en la última elección, cuando votó a favor de alguien que odiaban más que a Macri: Martín Lousteau. Delicias de la democracia.

Mutaciones. Más allá del resultado, hay incógnitas resueltas: desde el lunes Scioli se volverá Macri y Macri se volverá Scioli. Una forma de aplastar, también, a la avenida del medio que pregoniza Massa, quien intentará cobrar la autoría intelectual de ese sector. Al menos, para ser un árbitro de la disputa, un elemento necesario e imprescindible para negociar si las elecciones fueran de un partido contra otro y no meras pujas entre personalidades, entre hombres que rinden más o menos en la TV.

Van los candidatos a la conquista de una presa tal vez indecisa, de ahí que Scioli se revele ambiguo, más dispuesto a los cambios, quizás distraído de Cristina, amparado en el núcleo peronista y en lo que muchos creen que era y no es o en lo que es y no era. Y un Macri híbrido, luego del brusco viraje que le impuso Duran Barba y su focus group a favor de cierto populismo (la gente prefiere las estatizaciones a las privatizaciones, de ahí los nuevos mensajes sobre Aerolíneas e YPF, se inclina por estar igual al albur de estar mejor) patrullando nichos que desatendió y ofendió en las últimas semanas, repartiendo lisonjas a quienes antes le endosaba castigos. Ser, en todo caso, el candidato forzado, obligado, al que se vota con escasa convicción pero diferente a una rara cruza, la encarnación kirchnerista y peronista a la que le cuesta imponer –habrá que ver mañana el comportamiento de provincias como Tucumán y Jujuy, hasta hoy bastiones del oficialismo– una supremacía al 50% del país.

Tres sujetos, la misma levedad de Kundera.

© Perfil

0 comments :

Publicar un comentario