miércoles, 8 de julio de 2015

Tres formas de ser C. J. Cela

Por Manuel Vicent
Eusebio García Luengo era un viejo escritor caballeroso y lleno de talento, abúlico y casi secreto, que consumía sus tardes en la tertulia de poetas del café Gijón. Un día le pregunté: “Eusebio, si ya has renunciado a escribir, ¿a qué te dedicas ahora?”. Sonriendo maliciosamente me contestó: “Estoy muy ocupado. Me dedico las 24 horas del día a odiar a Camilo José Cela”

Sin duda Eusebio recordaba los viejos tiempos de posguerra, cuando un Cela tremendo y famélico asistía a la tertulia de la Juventud Creadora en el café Gijón y compartía los sueños de gloria con poetas y escritores, entonces con todo el futuro por delante, ahora devastados. Cela fue el único de aquel cotarro de artistas en alcanzar gran renombre.

La familia de Pascual Duarte (1942) lo puso en órbita de repente. En medio de la represión política y el hambre colectiva, con este violento chafarrinón ibérico Cela había recuperado la cadencia de los clásicos, que aprendió leyendo entero el Rivadeneyra antes de la guerra en el pabellón de reposo para tuberculosos en Guadarrama. Con palabras duras, metálicas, que venían a caballo de un poderoso ritmo interior, su literatura recuperaba la gran tradición del Siglo de Oro frente a la hueca faramalla literaria que exaltaba aquel imperio en alpargatas del franquismo. Luego Cela bajó el tono y escribió El viaje a la Alcarria, con sonoridad azoriniana, y después su obra maestra La colmena, según la estética de Dos Passos, un retablo de supervivientes humillados, que se movían en aquel Madrid de permanganato y olor a sardina de bota. Cela abandonó la gabarra del café y sus contertulios allí varados asistieron a sus éxitos mientras veían pasar la vida con los sueños derrotados por el tercer ventanal. El escritor era entonces un joven flaco, de cabeza grande y rostro feroz, que se hacía fotografiar siempre malhumorado; tenía los resortes brutales del que cree vivir en un mal país, un hondo desprecio frente a todo y nada, pero el éxito literario sirvió para ocultar negros pasajes de su biografía, la contradicción de haber sido censor y a la vez censurado, y sobre todo aquella maldita solicitud que en el año 1938, en plena Guerra Civil, desde el bando nacional dirigió al entonces comisario de Investigación y Vigilancia.

Después, a partir de los años cincuenta, hubo otro Cela más pastueño y solariego. Se dejó barba como un gesto de hirsuta rebeldía frente a los bigotillos recortados del falangismo y se echó a andar por tierras de moros y cristianos para anotar en su libreta de viaje los paisajes y almas que hallaba en los caminos, con un realismo unas veces tierno, otras cruel, pero siempre con el don musical y violento que al chocar producían las palabras. No dar nunca puntada sin hilo en propio beneficio constituía la marca de la casa. Con un supremo arte para vender, Cela consiguió que el dictador venezolano Pérez Jiménez le soltara un cheque de 50.000 dólares para que escribiera una novela sobre su país. El resultado fue el engendro de La catira. Con ese dinero, en 1954, se estableció en Mallorca, en el barrio de Son Armadans, que luego dio nombre a una revista literaria en cuyos papeles fueron convocados algunos escritores del exilio, Salinas, Alberti, Zambrano, Max Aub. En 1957 Cela entró en la Real Academia Española y en aquella época del seiscientos, los primeros bikinis y electrodomésticos, la cultura española se dividía entre dos barbas, la negra de Cela y la blanca de Menéndez Pidal.

El escritor se puso a trabajar a muerte en soledad con el ideal puesto en el Nobel. Fundó la editorial Alfaguara. Bajo sus alas de clueca sacaron las primeras plumas algunos literatos jóvenes, mientras escribía otra obra maestra, San Camilo, 1936, con la que se lamía viejas heridas de la guerra y trataba de soterrar un negro fantasma que no conseguía olvidar. En ese tiempo Cela se constituyó en un espejo del inconformista, verdadero o falso, con un instinto especial para salir en la foto, con la lengua siempre dispuesta al exabrupto, que al final ni siquiera escandalizaba a las monjas. Amigo de los guardianes del régimen y a la vez garduño incontrolado, parecía que su personalidad iba a unir las dos Españas literarias, la de Alberti y Américo Castro en el exilio exterior y la de Vicente Aleixandre en el interior para amasarlas con la de Carlos Barral y su cuadra en las conversaciones de Formentor. Fue su época más feliz. Ese es el Cela que pudimos admirar.

Finalmente todo comenzó a torcerse cuando el rey Juan Carlos lo nombró senador de las Cortes de la Transición. Entonces hubo una tercera forma de ser de Camilo José Cela. Llevado por la fuerza de las circunstancias en 1974 se había atrevido a protestar por la muerte a garrote de Puig Antich y ahora el escritor mimado por el franquismo, comenzaba a criticar a la dictadura e hizo amagos de ponerse a disposición de los políticos de la democracia. Fue entonces cuando sus antiguos camaradas sacaron de algún cajón aquella maldita solicitud al comisario de Investigación del joven Cela de 21 años, fechada en A Coruña, el 30 de marzo de 1938, en que se ofrecía como delator y la publicaron en El Alcázar. “Que habiendo vivido en Madrid cree poder prestar datos sobre personas y conductas que pudieran ser de utilidad”.

Es imposible que una puñalada de semejante calibre no te convierta en un zombi. Si algo ya se había roto en el cerebro de este escritor la descarga de gloria que le bajó de las esferas con la concesión del Nobel acabó de rematarlo. Ante esta doble sacudida de miseria y honor comenzó el tercer Cela sin norte su vida despendolada, el divorcio tempestuoso, el pleito económico con la familia, el Cela encorbatado a merced de una sacamantecas, el Cela feriante y marbellero, marqués de Iria Flavia, que subía en parapente, que buscó hasta la muerte dinero bajo las piedras, secuestrado más allá de la tumba por sus falsos amigos. Aunque muchos, como García Luengo, se dedicaron a tiempo completo a odiar a ese Camilo José Cela, pese a todo fue un escritor responsable de varias obras maestras, por las que será leído y recordado.

© El País (España)

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