sábado, 18 de julio de 2015

Subestimación y valor

El candidato del PRO se lanza tardíamente a la búsqueda de los votos en 
Buenos Aires: intenta replicar a Alfonsín.

Por Roberto García
Cualquiera sea el resultado porteño de mañana, al día siguiente Mauricio Macri emprenderá su periplo de campaña por la provincia de Buenos Aires. Objetivo: fijar adhesiones en ese distrito vital (40% del electorado), vasto y kilométrico, indescifrable para quienes no lo han cultivado y de compleja domesticación política para los no peronistas. Tarde se lanza el ingeniero boquense, y esa dilación, por cierto, no es culpa de su reyerta comicial de mañana con Martín Lousteau. Más bien, el retraso deliberado obedecía a dos razones contradictorias.

Una, a la convicción inicial de que “ganamos perdiendo”, frase inolvidable de su consejero Jaime Duran Barba, tan admirador de Cristina de Kirchner que no parecía convencido de poder vencerla y, dos, al sospechoso albur de que la sola presencia y liderazgo de Macri el día de las urnas se expandirá por el distrito como una fiebre amarilla, contagiando a la mayoría de los ciudadanos. Al menos, en un eventual ballottage, cuando los corazones se deban dividir en dos. Esta mágica especulación de encuestadores dice apoyarse en números y consultas masivas, en la vulgar copia de una estrategia radical sobre la doble vuelta (“en el país son más los opositores que los peronistas”) basada en una reforma propiciada en el gobierno Lanusse por un bonaerense del partido, Arturo Mor Roig, vilmente asesinado entonces por la guerrilla de los 70 y cuyo recuerdo o justicia poco reivindica la UCR. Y en un antecedente publicitario y personalista: aluden a la oleada que produjo Raúl Alfonsín con su candidatura en todo el país, en el regreso de la democracia, extendida a la provincia por el triunfo de un prebendario de la fama del otro, el desconocido Alejandro Armendáriz, algo así como la réplica ensayada hoy con la aspirante a gobernadora María Eugenia Vidal.

Por sostener esa tesis, inflamaron el ego de Macri, lo reconvirtieron, lo indujeron –sin que él demandara demasiada persuasión– a que no compartiera estrado ni sociedad con otras fuerzas (peronismo disidente, por ejemplo) o personajes de distintas cepas (Sergio Massa, Francisco De Narváez, inclusive el propio Lousteau). Como si la consigna, en esta ocasión, hubiera sido: “ganamos restando”. Tanta firmeza con la teoría Armendáriz ofrece flancos de extrema debilidad comparativa, que conviene observar:
•Macri no genera hasta ahora el mismo fenómeno arrasador de Alfonsín.

Vidal carece por ahora, al revés de Armendáriz, de un rival notoriamente debilitado como Herminio Iglesias, entonces determinante de su propia derrota en la provincia y del propio peronismo en el orden nacional con su anécdota del cajón incendiado en el Obelisco.

Se modificaron el control y el conteo de los comicios Armendáriz, entonces neutro y transparente, no dominado por los competidores ni los aparatos, obviamente inexistentes por falta y prohibición del ejercicio y las estructuras políticas. Nadie en esa oportunidad habló de fraudes, presunto hábito que se popularizó a medida que avanzaban nuevas elecciones y se agigantaba el aparato estatal. Hasta hoy, por supuesto. No en vano proliferó la frase “pesar los votos, en lugar de contarlos”, llevar a la gente condicionada en camiones o la alusión al voto cadena y prácticas semejantes. Macri procede como si ese mundo bonaerense no existiera, en apariencia se somete al destino como algunos sostienen que se sometió en Santa Fe.

Armendáriz era conocido en el radicalismo (ganaba invariablemente en Saladillo). Se votaban partidos salidos del freezer. No parece el caso de Vidal, una hija de la Capital, de dificultosa penetración provincial. Y si bien hubo arrastre Alfonsín, Armendáriz no ganó colado en una boleta única –como será ahora–, ya que eran tres las opciones expuestas en el cuarto oscuro: una blanca (presidente), otra celeste (gobernador) y otra amarilla (municipios). Tambien entonces, los candidatos distritales provenían de cierto prestigio político o social (profesional, claro), se los reconocía, mucho más que a los que ahora participan. Esa estatura habilitaba a que los candidatos provinciales o nacionales buscaran ellos ubicarse en esas boletas, cuando hoy absurdamente es al revés, tanto que Macri –por ejemplo– decide quién va o no en su lista, como si vendiera una franquicia.

No eran tampoco tan comunes los planes, subsidios ni laborales colocaciones públicas que desfiguraban voluntades y multiplicaron el clientelismo. Lo que fue necesario para disimular desocupación o niveles de pobreza también resultó electoralmente extorsivo. Y se intensificó con aquel radicalismo ganador antes de que lo multiplicara el peronismo, con el PAN (Plan Alimentario Nacional) o el Plan de Alfabetización. Avido de victorias, después el PJ amplió el radio de asistencia y el tutelaje sobre los votos. Nada es gratis. El instrumento principal de aplicacion fueron los intendentes, el aparato, clave de un proceso de dominación que inspiró Eduardo Duhalde cuando les propuso a sus colegas municipales: Si nos juntamos, nos quedamos con todo.

Así recuperaron tierras perdidas (Avellaneda, Quilmes), se consolidaron en la superpoblada Matanza con Russo y forjaron un cerrado poder territorial que más tarde signó la hegemonía política en el país. Llegó hasta Kirchner y Cristina ganó una vez y luego otra con el 54%. De ese universo, en apariencia Macri casi no tiene nada, y hasta ofrece muestras de que no lo desea. Ni siquiera a los que fueron disidentes con Massa: cree, imprudente, que la gente no responde a esos barones. Tal vez sea cierto para la segunda vuelta, cuando ellos ya no arriesgan patrimonio (no hay ballottage en los municipios). Supone que no puede ser tan distinta la gente que vive de un lado de la General Paz y lo vota a él, de la que vive del otro lado de la avenida y ha votado al oficialismo imperante. Entiende que el “primer cordón”, al menos, se debe comportar como la periferia porteña, creyendo que es un anillo que representa una continuidad geográfica de la Capital, cuando en rigor esa definición alude a un conglomerado vasto, a la densidad villera, carenciada, junto a los centros urbanos. No es un simple cintillo, error conceptual. Si prima ese criterio en la entrada, también será imposible desentrañar el profundo conurbano.

Macri, en relación con el fenómeno Alfonsín-Armendáriz, puede sostener que la influencia de los medios, TV especialmente, entonces era menor, que no había redes sociales como las que llevaron a Obama a la Casa Blanca. Y que hay otros datos a contemplar que también cambian la escenografía. Pero si se niega una colección de hechos, si se ignora la existencia respiratoria de un portento de dimensiones singulares –como hacen los encuestadores que lo asesoran–, más que complicada parece la campaña que en 48 horas inicia el postulante.

© Perfil

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