domingo, 7 de junio de 2015

Los dos yo de Daniel Scioli

Por James Neilson
De estar en lo cierto las encuestas de opinión que están dando vuelta, el próximo presidente de la Argentina será Daniel Scioli o Mauricio Macri, ya que, para desagrado de Sergio “Rocky” Massa, a nivel nacional la polarización es un hecho. Sabemos quién es Macri: a su modo, representa una variante light del pragmatismo liberal, es un hacedor que no pierde el tiempo hablando de temas ideológicos. 

Pero Scioli es un enigma. Hasta hace un par de meses, muchos creían que, luego de haber convencido a Cristina de que le convendría apoyarlo, si triunfara en la carrera electoral repetiría lo que ella y Néstor hicieron a su padrino, Eduardo Duhalde. Al fin y al cabo, el peronismo es congénitamente verticalista: en la cima hay lugar para un solo Líder Máximo. Sin embargo, parecería que últimamente Scioli se ha kirchnerizado hasta tal punto que no se le ocurriría liberarse de la tutela de la señora. ¿Sobreactuación? ¿Un alarde de cinismo que merecería la aprobación de Maquiavelo? ¿O es que el motonauta se ha rendido definitivamente a los encantos de Cristina porque realmente cree que no hay vida fuera del kirchnerismo?

En política, es normal que, una vez en el poder, el mandatario traicione al candidato. Una cosa es ganar elecciones, otra es gobernar y defender los intereses propios. Antes de suceder a su marido, Cristina fue una progre moderada que se afirmaba resuelta a fortalecer las instituciones para que la Argentina se asemejara más a la Alemania de Angela Merkel; la presidenta Cristina tendría prioridades un tanto distintas.

Es posible, pues, que Scioli sea sincero cuando se arrodilla ante la jefa y que también lo sería si, andando el tiempo, se sintiera constreñido a abandonarla a su suerte. Así y todo, el que no haya forma de prever lo que haría el bonaerense en el caso de que le tocara gobernar debería motivar cierta preocupación. Hay una diferencia muy grande entre el Scioli presuntamente rupturista, amigo de todos, de otros tiempos y el militante kirchnerista fogoso actual, el admirador tan abnegado de las dotes intelectuales y administrativas del “soviético” Axel Kicillof que quisiera tenerlo a su lado. Aunque es de suponer que la mutación que ha experimentado se debe a la conciencia de que en cualquier momento, Cristina podría castigarlo por ser tan irremediablemente burgués negándole el derecho a figurar como el candidato del Frente para la Victoria y que, de todos modos, si da un paso en falso, Florencio Randazzo no vacilaría en hacerlo tropezar, la maniobra ha resultado ser tan exitosa que parecería que, la Presidenta aparte, todos la encuentran convincente.

Que el electorado se polarice es natural. No lo es que un polo sea tan difuso como el ocupado por Scioli. Para algunos, es un centrista nato, casi un “neoliberal” que tiene mucho en común con Macri; para otros, sería sólo un kirchnerista más que, de mudarse a la Casa Rosada, continuaría obedeciendo las órdenes que le mandara Cristina desde El Calafate y que se dejaría escoltar por una guardia pretoriana camporista. Según parece, los inversores de Wall Street que manejan una cantidad sideral de dólares han llegado a la conclusión de que un eventual presidente Scioli procuraría “profundizar el modelo” populista, razón por la que prefieren esperar antes de inundar la Argentina de los dólares frescos que muchos creían la salvarían de la indigencia colectiva en cuanto terminara la gestión de Cristina.

Los norteamericanos llaman “patos rengos” a los mandatarios salientes por entender que, al acercarse al fin de su período en la Casa Blanca, no tienen más alternativa que resignarse a ser una especie de fantasma sin poder real. Con el día previsto para el cambio de mando a apenas seis meses de distancia, lo lógico sería que Cristina ya desempeñara un papel relativamente pasivo, pero no tiene la menor intención de hacerlo. Puede que conforme a las pautas yanquis sea una pata renga, pero tal desventaja no le ha impedido volar por encima de las cabezas de todos los demás políticos, atacándolos esporádicamente para que no olviden que sigue siendo la dueña del país.

Se trata de una situación bastante extraña. No lo sería si, gracias al liderazgo de la señora, la Argentina se hubiera transformado en la Alemania de América del Sur como ella misma se proponía en los meses anteriores al inicio de su primer cuatrienio como Presidenta, pero con la presunta excepción de los militantes más fervorosos, los pensadores de Carta Abierta y algunos adulones, nadie ignora que el estado del país deja muchísimo que desear. A juzgar por los números, tan antipáticos ellos, su gestión ha sido un desastre. ¿Por qué, entonces, le ha sido dado continuar dominando el panorama político nacional?

La respuesta a este interrogante es sencilla. Los kirchneristas se las han arreglado para crear un desaguisado tan fenomenal que ningún presidenciable, por reducidas que fueran sus posibilidades, se atrevería a decirnos lo que haría si llegara al poder. Son tan graves los problemas económicos y por lo tanto sociales que tendrá que enfrentar el sucesor de Cristina, que por motivos comprensibles les parece mejor dar a entender que sólo se trata de dificultades pasajeras. A lo sumo, los asesores de los distintos aspirantes a recibir las insignias presidenciales de la mano de la señora se permiten debatir en torno a los méritos relativos del “gradualismo” por un lado y el “shock” por el otro, como si les fuera dado elegir entre dos alternativas benignas aunque todo hace pensar que la economía está por estrellarse contra una muralla.

En la Argentina populista, es decir, en el país que efectivamente existe, “ajuste” es una palabra que nadie quiere oír. La idea de que a veces sea necesario usar los frenos es considerada propia de reaccionarios miserables. Lo mismo que el gobierno griego que está tratando de persuadir a los demás europeos de que deberían entregarles vaya a saber cuántos miles de millones de euros porque en elecciones democráticas el pueblo votó en contra de la austeridad, no sólo los kirchneristas sino también muchos opositores creen que sería antidemocrático prestar demasiada atención a la realidad. Los más lúcidos saben muy bien que al próximo gobierno le aguarda una tarea titánica, pero no lo dirán hasta que todos los votos hayan sido debidamente contados.

A Cristina le ha resultado sorpresivamente fácil aprovechar en beneficio propio las consecuencias desafortunadas de una gestión que en otras circunstancias hubieran sido más que suficientes como para hundirla. De ser menos ominosas las perspectivas frente al país, la campaña electoral se desarrollaría de manera más racional al presentar los candidatos sus respectivos programas de gobierno como hacen sus homólogos europeos o norteamericanos, pero sucede que no quieren arriesgarse entrando en detalles. Antes bien, se concentran en abstracciones: cambio, continuidad, lo mala que es la corrupción y así por el estilo. Massa ha intentado luchar contra la polarización hablando con mayor vehemencia que quienes lo están marginando, pero él también insinúa que su mera presencia en el poder bastaría como para permitirle al país recuperarse de sus muchas dolencias.

Mientras tanto, se libra una batalla importante en la mente de Scioli. Cristina lo detesta por una multitud de razones que son más personales que políticas, pero el gobernador apuesta a que decida que sería mejor confiar en su capacidad para mantenerlo domesticado que en correr el riesgo de ver en el poder a Macri acompañado por una justiciera tan implacable como Elisa Carrió y otros convencidos de que lo que el país precisa es un operativo manos limpias aún más despiadado que el italiano de un par de décadas atrás.

De imponerse el Scioli equilibrista que se las ingeniaba para ser a un tiempo oficialista e independiente, de tal modo asegurándose el respaldo parcial del Poder Ejecutivo nacional y la simpatía de muchos indignados por la corrupción kirchnerista, como presidente gobernaría desde el centro del mapa ideológico. En cambio, si el Scioli auténtico –es de suponer que hay uno– resulta ser el político rabiosamente militante de las semanas últimas, con él al mando el país continuaría su viaje hacia una salida parecida a la que, tarde o temprano, encontraría la Venezuela del despistado chavista Nicolás Maduro.

El peronismo siempre ha sabido desdoblarse oportunamente para ser a la vez oficialista y opositor. Es lo que, para desconcierto de muchos, está haciendo Scioli en las semanas previas a las PASO. Se trata de un espectáculo muy interesante, de eso no cabe duda, pero entraña el peligro de que, además de costarle el apoyo formal de Cristina que tanto necesita, lo haga perder el respeto de quienes valoraban sus gestos de independencia. Sea como fuere, el que nimiedades tales como la supuesta por lo que estaría pasando por la cabeza del ex deportista podrían decidir el destino de la Argentina es de por sí inquietante, ya que a menos que el próximo gobierno logre corregir las “distorsiones” ocasionadas por personas que se han propuesto vaciarla por suponer que les sería dado construir poder en base a los fracasos ajenos, el país continuará tambaleando de crisis a crisis, empobreciendo cada vez más a sus habitantes, hasta que, para extrañeza del resto del planeta, termine siendo una gigantesca villa miseria.

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