sábado, 27 de junio de 2015

El otro Stiuso

Por qué se fue el general y espía preferido de la Presidenta. Desobediencia 
y cadena de torpezas.

Por Roberto García
Nadie imagina que Cristina Fernández de Kirchner removió al general César Milani por la chismografía de feria que, la noche anterior al desenlace, por televisión había vertido Elisa Carrió. Ofendida en sus buenas costumbres, la diputada opositora describió al militar como fiestero, alcohólico y mujeriego, cargos de llamarada periodística y nula implicación penal. 

Hasta prometió nombres como una inspectora de sábanas, ni que estuviera en un programa de la tarde. No fue esa amenaza el gatillo que percutó al jefe del Ejército, otro barco cargado de secretos que navega sin rumbo en el Océano, otro Stiuso con la lengua congelada en el freezer. Tampoco, se supone, para desplazarlo la mandataria se refugió en las “razones estrictamente personales” que invocó Milani en su despedida obligada, sugerente excusa que podría aludir a cuestiones de salud. Aunque el entonces influyente uniformado de inteligencia atraviesa complicaciones médicas que lo obligan a una tercera colonoscopia en pocos meses, suspendida la última esta semana por el episodio imprevisto de su partida. No parece que padezca riesgo de vida, menos inminente.

Dos curiosidades: l) La mudez oficial para explicar la exoneración del general más querido por la familia Kirchner en todos sus años de gobierno, al que defendieron con capa, espada y palabra por infinidad de servicios prestados, y que parecía incluso autorizado a tramar su propia continuidad –como si figurara en la Constitución– en caso de que Daniel Scioli llegara al gobierno en diciembre próximo. Así lo expuso tres días antes en Rosario al anunciar los planes del Ejército para los dos años venideros, sin pensar siquiera en una transición en diciembre. Tal era la comunión entre Cristina, el gobernador bonaerense y el general que, aparte de compartir reuniones de trabajo, el candidato Scioli se refería a Milani como “César”, aplicando en el nombre su mejor entonación de locutor amoroso. No era neutro, como tampoco lo fue con él Nilda Garré, ahora en tren de diputada. 2) Cuesta entender, sin embargo –casi es el colmo para su actividad–, que el más avezado y poderoso zar de los espías, Milani, tanto para oficialistas como para opositores, poseedor de recursos cuantiosos y hasta non sanctos, fuera sorprendido por la decisión de Cristina cuando Carlos Zannini lo citó a la Casa Rosada para decirle dos veces “estamos comprometidos”, ya que en la primera ocasión el general no entendió que le solicitaban el pase a retiro, que se tenía que ir. A pesar, claro, de que él había tenido un incidente verbal con el propio Zannini en Rosario tres días antes, pelotera que a su entender no tendría escalada por la naturaleza de su relación con la Presidenta y el funcionario devenido hoy en candidato a la vicepresidencia. Olvidó que el ahora heredero sucesorio unos días antes también había sido verdugo del vástago político por el que cobraba derechos intelectuales, Florencio Randazzo, objeto de presiones, favores, subsidios y lisonjas para encumbrarlo ante caudillos, intendentes y gobernadores de todo el país, vendiéndolo al ministro como el más fiel al proyecto. Dos traspiés públicos, dos amigos liquidados en una sola semana por un Zannini que disimula su alineamiento más que Scioli, pero también manejado por un control remoto femenino. Justo es admitir que la amistad verdadera de Zannini, en el campo militar, no era tan íntima con Milani como lo escon el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Luis Carena, un confidente a toda hora. Si hasta se sospecha que esta autoridad debe haber recomendado al general Luis Cundom como reemplazante de Milani, más cuartelero que Milani y alejado de la inteligencia (aunque ahora se interesará parcialmente en esa materia para cubrirse, ya que siempre un uniformado que vivió en los 70 “algo habrá hecho”). De esa designación ni lo notificaron a Milani.

Rumores. Hay un alud de versiones: no pueden parar las causas en el norte por lesa humanidad contra Milani, indagatorias que comprometerían al mismo gobierno que lo protegió o encubrió. No obstante, quienes merodean esos tribunales tan semejantes a los de Comodoro Py descreen de este dato; más bien suponen –como Hebe de Bonafini– que Milani ya se despegó de esos procesos, que sus diligentes abogados y otros aportaron suficiente material para desentenderlo de torturas y desapariciones. Al menos mientras estaba en la cima. Garantías menores, en cambio, se advertían sobre el trámite de enriquecimiento ilícito denunciado ante el juez Rafecas, quizás por la flojedad de papeles en relación con el origen de los créditos que presentó el jefe del Ejército recién retirado (algunos, comentan, provendrían de proveedores de la Fuerza).

Claro que otro colmo sería que en el actual gobierno alguien se incomode por imputaciones de este tipo, ya que de la Presidenta para abajo están casi todos nominados en ese rubro. Otros trascendidos señalaban diferencias por demandas de reconstitución salarial exigidas por Milani: no es atendible, parece que Cristina anuncia esa recomposición en la próxima cena de camaradería militar. También atribuyeron chispazos al ascenso controversial de un oficial, cuestión nimia en ese nivel de autoridad o, lo más probable, críticas por el escaso anticipo de los organismos de inteligencia y de Milani en consecuencia del allanamiento a una empresa de Lázaro Báez por parte del juez Casanello o a investigaciones periodísticas sobre este tema tan caro al equilibrio familiar de los Kirchner.

¿Esta suma de faltas forzó la tarjeta roja? Difícil, nadie ignora que los magistrados ya no son un problema para la administración, Zannini –y alguien de su cofradía de apellido Penna en los servicios– ha logrado hacer desfilar a la Justicia con más esmero que en los tiempos de Stiuso. Delicias de la democracia.

Quizás el general se preocupó mucho por el futuro (el de La Ñata y sus ocupantes, por ejemplo) y se entregó a esos menesteres olvidando compromisos del gobierno que le pagaba el sueldo, lo que irritó a la Casa Rosada. O, como otros aseguran, quiso imponer sus charreteras y su criterio en las nuevas formas de control que los espías del oficialismo ejercerán sobre la ciudadanía (un código que Zannini dice digitar por orden de la Presidenta). Tocó Milani entonces el cable con mayor voltaje, cuestionó una jerarquía inalcanzable –ya que no hay Poder Judicial ordenado si no se controla la Inteligencia, según la premisa de vida en la biblia kirchnerista–, se creyó como Randazzo lo que no era y, a pesar de la sumisión y las tareas realizadas por orden y cuenta de otros, se fue a la banquina de un papirotazo. Justo cuando tenía el auto en el medio de la carretera.

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