jueves, 3 de abril de 2014

El día del olvido

Para los kirchneristas, el golpe del 76 y sus secuelas constituyen una fuente de legitimidad.

Por James Neilson (*)
Es una tradición argentina. Cada 24 de marzo, miles de jóvenes y no tan jóvenes se movilizan para festejar un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976. ¿Festejar? Para todos salvo algunos mayores de cincuenta años, es la palabra apropiada. La efeméride les brinda una oportunidad para felicitarse por su propia virtud, compararla con la abyección ajena, y luchar en su imaginación contra una dictadura cruel. Se trata de una forma de decirnos que, a diferencia de quienes no militan en la misma facción, ellos sí son derechos y humanos.

Aunque ya han transcurrido 38 años desde que una junta militar barrió con el gobierno penosamente inoperante de Isabelita Perón, los hay que sienten tanta nostalgia por lo que a su juicio fue una etapa heroica de la vida nacional, cuando todo se pintaba en blanco o negro y Dios vomitaba a los tibios, que se niegan a abandonarla.

Para los kirchneristas, sobre todo para aquellos arrepentidos que lamentan haberse adaptado tan fácilmente a las circunstancias imperantes en la Argentina del proceso castrense, el golpe y sus secuelas inmediatas constituyen una fuente de legitimidad. Con astucia notable, Néstor Kirchner y su esposa se las ingeniaron para hacer de un acontecimiento complejo que debería prestarse a muchas lecturas algo terriblemente sencillo que les serviría como una especie de escudo ético.

Luego de instalarse en la Casa Rosada, los dos comenzaron a hablar como si la única alternativa a su gobierno fuera un régimen castrense, como si los golpistas de hacía casi tres décadas siguieran al acecho y fuera deber de todos los hombres y mujeres de buena voluntad cerrar filas para mantenerlos a raya.

A pocos les preocupaba la evidente falta de autoridad moral de un matrimonio de abogados que nunca habían manifestado el menor interés por los derechos humanos y que, para más señas, habían sacado provecho de las medidas económicas de la dictadura denostada para enriquecerse a costilla de deudores morosos, presionándolos para que les vendieran propiedades a cambio de monedas.

Por tratarse de los dueños del poder y por lo tanto de una caja rebosante de plata, muchos progres se mostrarían más que dispuestos a pasar por alto los pormenores de sus trayectorias respectivas.

Resultó ser una maniobra genial. Les permitió a los Kirchner erigirse en referentes latinoamericanos de un movimiento internacional muy influyente. Hasta los contrarios a un “proyecto” basado en el que hizo de Santa Cruz un feudo personal, coinciden en que ha sido muy buena “la política de derechos humanos” impulsada por el matrimonio.

Los muchos que piensan así dan por descontado que perseguir para entonces castigar a todos los represores militares y sus colaboradores civiles de hace cuarenta años o más ha beneficiado al país, ayudándolo a superar los traumas provocados por un régimen en que

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tantos políticos, periodistas y ciudadanos rasos habían confiado y que, de haberle salido bien la aventura de Malvinas, hubieran seguido apoyando por algunos años más. Suponen que la purga de las fuerzas armadas que han llevado a cabo los kirchneristas habrá asegurado que nunca más se produzcan tantos abusos de los derechos fundamentales de los habitantes del país.

¿Tienen razón? No existen motivos para creerlo. Al ubicar las violaciones de los derechos humanos en un periodo determinado del pasado, además de insistir en que los únicos culpables de actos de lesa humanidad son forzosamente sujetos vinculados con el Proceso militar, los kirchneristas y sus aliados coyunturales de cierta izquierda se apropiaron de una causa que nunca debería politizarse para ponerla al servicio de quienes la desprecian.

Para los dirigentes más fogosos de las organizaciones presuntamente comprometidas con el respeto por los derechos ajenos, el Che Guevara, los hermanos Castro y otros de la misma calaña son héroes, mientras que los que se animan a protestar contra sus atropellos sanguinarios son tan golpistas como los esbirros de la dictadura de Rafael Videla, Emilio Massera y compañía. Parecería que, en opinión no sólo de Cristina sino también de sus homólogos, la brasileña Dilma Rousseff y el uruguayo José “Pepe” Mujica, los chavistas venezolanos no pueden pisotear los derechos humanos porque juran ser izquierdistas.

Asimismo, los kirchneristas distinguen entre los delitos perpetrados por los militares, que son estatales, y los más o menos idénticos que fueron obra de los montoneros o sus camaradas del ERP que, mal que les pese, militaban en lo que podría calificarse del sector privado.

En otras latitudes, los juristas tienden a rechazar esta distinción reivindicada por el gobierno de Cristina por
entender que terroristas, como aquellos que están sembrando la muerte en el Oriente Medio, son tan peligrosos como sus enemigos, pero sorprendería que los kirchneristas modificaran las leyes locales correspondientes a fin de adecuarlas a las internacionales.

De todos modos, este año se bifurcaron las manifestaciones callejeras en contra de una dictadura que cayó más de treinta años atrás y que, por fortuna. no está en condiciones de amenazar a nadie. Para desconcierto de los kirchneristas, una franja creciente de la izquierda presuntamente revolucionaria ha comenzado a tratarlos como los herederos auténticos del Proceso castrense, como represores natos que, para colmo, están sometiendo la economía a un ajuste feroz del tipo habitualmente exigido por los imperialistas del odiado Fondo Monetario Internacional.

Cuando a Cristina se le ocurrió designar al teniente general César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani como jefe del Ejército, sin tomar en cuenta el inconveniente de que su apellido figura en la nómina de represores que, según la lógica kirchnerista, merecen pudrirse hasta el fin de sus días en una cárcel maloliente, rompió con su propio relato. Podría argüirse que, como tantos otros militares y, desde luego, guerreros revolucionarios, en su juventud Milani habrá cometido delitos aberrantes.

En aquel entonces muchos, demasiados, creían en el principio maoísta de que el poder nace de la boca del fusil y que, siempre y cuando uno militara en el movimiento correcto, secuestrar o matar no eran crímenes, pero los kirchneristas siempre se han opuesto a tomar en consideración tales detalles.
Les repugnan “la teoría de los dos demonios”.

Para ellos, no hay más que uno: cuando es cuestión de la tropa propia, perdonan todo; cuando lo es de un “derechista”, no perdonarán nada. Parecería, pues, que merced a Cristina, Milani se ha visto convertido en un antigolpista honorario a ojos de algunas Madres de Plaza de Mayo, si bien otras se resisten a entender que, a pesar de la apariencias, es un general debidamente progre.

La Argentina sigue siendo prisionera de su pasado. Acaso porque son tantos los problemas que a esta altura no tienen solución, le cuesta evolucionar como han hecho otros países, incluyendo algunos, como Italia y España, que el siglo pasado sufrieron calamidades decididamente peores que la supuesta por el terrorismo y la represión militar. Sin embargo, el 1º de septiembre de 1977, a 38 años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, las calles de las ciudades europeas no se llenaron de multitudes indignadas resueltas a gritar consignas contra el nazismo, o contra el comunismo soviético, puesto que en 1939 Stalin era aliado de Hitler y participó del despedazamiento de Polonia.

En los años setenta del siglo pasado los europeos ya estaban en otra cosa. No habían olvidado los horrores de la guerra y, fuera de Alemania, de la atroz ocupación nazi, pero no querían regresaran anímicamente a un momento clave de su propia historia, tratando los dilemas enfrentados por la sociedad como si fueran los mismos que en la primera mitad de los años cuarenta. Aquí, en cambio, parecería que los politizados se aferran al mito del eterno retorno según el cual todo se repite y que, pensándolo bien, aún estamos en 1976 cuando idealistas buenos luchaban contra oligarcas malísimos vendidos al neoliberalismo respaldados por militares genocidas.

A los kirchneristas, encabezados por Cristina, les gusta hablar, en tono admonitorio, de la importancia fundamental de “la Memoria”, con mayúscula, pero lo que tienen en mente es algo muy diferente. Comparten con el personaje totalitario de la novela 1984 de George Orwell la convicción de que “el que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”.

Así, pues, los revisionistas oficiales han gastado miles de millones de pesos para difundir una interpretación en buena medida ficticia de la historia nacional con el propósito de justificar sus pretensiones y, esperaban, lograr perpetuar la gestión kirchnerista. Desgraciadamente para ellos, empero, el presente se les va de las manos y es muy poco probable que el futuro sea suyo. Con todo, por ser la Argentina un país en que demasiados intelectuales propenden a entregarse a los placeres dudosos de la autocompasión colectiva, aún les quedan muchos fragmentos del pasado. Hasta que sean apartados del camino, al país no le será del todo fácil salir del pantano populista en el que se ve atrapado.

(*) El autor es PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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