jueves, 3 de abril de 2014

EL ÁNGEL DE LA MUERTE

[Cuando el asesino despierta]

Por Martín Risso Patrón

« linchar.
(De Ch. Lynch, juez de Virginia en el siglo XVIII).
1. tr. Ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados»
[DRAE - Ed. 22.ª]

«...de ninguna manera está demostrado aquí quiénes son los actores y quiénes los comparsas...»
[Afirmación atribuida a Bertolt Brecht]

Matar al otro

No hubiera querido jamás reflexionar sobre estas cosas, en público al menos. Pero sucede que desde hace unos pocos días los medios televisivos han pintado de amarillo sus pantallas, con un fondo rojo de sangre roja. Me dio la sensación que no hay político, no hay opinólogo, no hay académico que no haya concurrido a cuanto plató encontrara en sus andares, y se haya acomodado una catedrática toga para apostrofar sobre lo que nunca jamás debiéramos siquiera imaginar, al menos para mantener el equilibrio y la paz social. No para buscar al menos una forma de forzarnos mutuamente a decidir simplemente si hay razones o no para matarnos en las calles a golpes de puño y patadas. Preguntarnos.

Pero no hay modo de evitarlo. En nuestras calles argentinas se están abriendo las puertas del infierno. Sucede que espontáneas turbas de vecinos matan, trompean y lesionan a aquellos que desde tiempo atrás asuelan las calles de las ciudades robando, lesionando y matando gente para robarle su magro dinero. Nadie da la orden, nadie tuvo, hasta segundos antes, al parecer, el mínimo atisbo de violencia para buscar a otro y matarlo a golpes. Todo fluye en un trágico flash enceguecedor, y termina en minutos con un despojo humano que posiblemente tenga una cartera robada en la mano, inconsciente o quizá muerto, y en una de esas, con un fierro que asoma de sus ropas desgarradas y ensangrentadas. Violencia, cruda violencia. Entonces no es ilegítimo preguntar, preguntarse cosas sobre la tragedia callejera... ¿cómo comenzó? ¿Qué está bien...? ¿Matar al ladrón es un acto de Justicia?

De Aristóteles a Stevenson 

Sobre las causas. Hay una general afirmación de que la gente común, esa que anda libremente por la calle, se sube a los colectivos, entra y sale de las oficinas y se para a puertas de su casa, está harta. Se ha cansado de tanto robo y asesinato impune a manos de esa otra gente, la que ataca, manotea, roba carteras y mata a viejos, mujeres embarazadas, chicos, y huye a la vista de todos y cuando son legalmente detenidos salen por la otra puerta. Esa afirmación deviene inmediatamente en una justificación colectiva: “No hay policía, no hay justicia, hay inseguridad, por lo tanto ante esas ausencias, hay que actuar, y se actúa”. Se mata, se lesiona, se golpea. Causa eficiente, diría Aristóteles el Estagirita. Desencadenante. “Porque nadie me defiende, me defiendo”. Y la causa final: “Así hago Justicia”. Entonces, el Estado de Derecho, magna forma de convivir en democracia, deja de existir y que en paz descanse. Pero hay más, vea.

Robert Louis Stevenson, múltiple premiado post mortem por su obra escrita, publicó en el año 1886, una novela que habla de la transformación de un hombre, el médico Henry Jekyll, en otro, el extraño, violento y totalmente antisocial, el señor Edward Hyde. Esto sucede a causa de un experimento que sobre sí mismo hace Jekyll, quien se administra una pócima que despierta en su persona, al otro, quién, en ausencia de aquel, sale a matar por las calles de la Londres victoriana. Intérpretes de esta esquemática escritura, creen encontrar que Stevenson plantea lo que la psicopatología habrá de comprender posteriormente como trastorno disociativo no especificado o trastorno disociativo de la identidad [antes conocido como trastorno de personalidad múltiple].

Y vienen nomás la pregunta: ¿Es la turba que lincha en función de su Justicia, a alguien, un Mr. Hyde colectivo, emergente de un Doppelgänger que, como su nombre lo indica, camina siempre en el lado oscuro de uno? Esta sería una arriesgada conclusión sobre una hipotética patología social que implica al ser violento de uno, que se expresa colectivamente. Eso es cuando el Ángel de la Muerte se despereza y sacude sus inmundas alas negras.

Violencia

Con esas dos propuestas de análisis, me es posible sustraer un elemento que sí o sí, innegablemente está presente, contenido en el escenario social donde nadie sabe quién es el actor y quiénes los comparsas. La violencia. Lo mismo que en todas las guerras todas que asuelan al planeta donde vivimos. Matarse a hondazos o con programas de computadora. La cosa evoluciona. Da lo mismo.

Y aquí es donde creo hallar un trozo de tejido para analizar en este macroscopio que es el instrumento de análisis de la complejidad, y reformulo las preguntas: ¿Cuál es la causa de tanta violencia, esta misma que nos ocupa? [...la del que se levanta decidido y sale a matar, robar, lesionar, como la de aquellos que lo cazan y apalean hasta la muerte, etcétera]; ¿existen condiciones previas para que la violencia despierte al Hyde colectivo? ¿Vivimos en pleno ejercicio del Estado de Derecho? ¿Qué siento cuando salgo y encuentro a un motochorro arrastrando a una mujer para quitarle cartera? ¿Qué siento si veo a viejos, adolescentes, mujeres con bolsas de mercado, pacíficos viandantes, apaleando a un motochorro? Políticos se desgañitan hablando para decir que no hay Justicia, que la inseguridad... que la pobreza, que la inflación, que qué horror y que la Policía tiene que actuar, que los Jueces no deben largar a tanto delincuente... Y los funcionarios: Que la criminalización de la pobreza, que la exclusión, que el Estado de Derecho somos nosotros, que la inseguridad es una ficción o una sensación... Y los Jueces [que sólo hablan a través de sus sentencias y decisiones]: Que nadie de los demandados se ha enriquecido ilícitamente, que no hay mérito, que la causa está prescripta, que es delito excarcelable, que el delincuente es una víctima...

Mientras tanto, hay secretarios nacionales de seguridad que se exhiben en un choque de bicicletas, pero ni se sabe dónde estuvieron cuando asesinaron a tanto jubilado, viejecita o joven embarazada... Y hay también jefes de Policía que apoyan a sus infantes de a palo, cachiporra, escudo y casco, literalmente los apoyan para que no se caigan cuando una “turba” de docentes armados sólo con sus protestas callejeras ejerce su legítimo reclamo por un sueldo digno.

Entonces, entonces como única respuesta me ataca el horror de no tener respuestas.

Edición impresa: Semanario "Nueva Propuesta", Salta

Digital: www.agensur.info 

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