domingo, 23 de febrero de 2014

La patria está efectivamente en peligro

(por los mismos que quieren salvarla)

Por Tomás Abraham (*)
En el amable diálogo que con frecuencia se sostiene en el campo intelectual argentino, el llamado de los miembros de Carta Abierta a todos los que sin ser partidarios del gobierno por su profesión de fe progresista deberían acudir  en la defensa de la patria, ha concitado respuestas varias de tono mesurado y respeto académico.

Un espíritu corporativo traducido en consideraciones recíprocas siempre deja una puerta abierta para que más allá de futuras discrepancias exista la posibilidad de eventuales coincidencias. Depende de cada uno aprovechar el gesto y la oportunidad brindados.

Prácticamente no hay intelectual emancipado que pueda oponerse a medidas como la resurrección del IAPI, como tampoco resistir por principio a todas las medidas nacionales y populares que el kirchnerismo implementó desde que es gobierno.

Por eso se decía que había ganado la batalla cultural.

Corazón herido. Mientras que desde las filas oficiales hacen un llamado a intelectuales progresistas para unirse a su lucha contra el orden conservador y neoliberal, en la otra orilla, las corrientes afines a la socialdemocracia y a los valores republicanos, desestiman la invitación, pero no porque el objeto del convite sea un mamarracho, sino porque a pesar de la supuesta nobleza del trofeo –el IAPI- desean que el kirchnerismo letrado abra su corazón herido y haga una autocrítica pública. Que se humillen un poco, que pidan perdón por la variedad de  denuestos lanzados durante años cuando iban por todo. 
Y a pesar de que entre los miembros de la susodicha Carta hay voces que proponen un acto de profunda constricción para crear el ámbito de un intercambio de opiniones respecto del giro actual de los acontecimientos –para resumir: Milani y FMI- las vestiduras no se rasgan y menos fuera del vestuario.
Es una ingenuidad a dos voces compartir el tamaño de esa esperanza.

Darle a este Estado y a este gobierno el control del comercio exterior, no es luchar contra la subfacturación de las exportaciones y la sobrefacturación de las importaciones, contra los monopolios y el imperio agroganadero por el uso y distribución de los saldos en divisas, sino la de correr un velo en nombre de la soberanía popular para ocultar una nueva fuente de recursos para La Caja y los bolsillos de la casta dirigente.

El ente creado en 1946 funcionó mal que bien hasta llegar a funcionar sólo mal, y debió recibir subsidios para colmar el gran déficit que tenía. Porque el organismo no sólo existe para quedarse con el sobrante entre el precio local y el internacional del producto, sino que debe también subvencionar al productor rural si los precios internacionales caen.

Imaginemos que llegamos a una inflación del 40% -estamos cerca– y que el precio de la soja caiga por oscilaciones del mercado en otro 40%, ¿qué pasaría?
Habría que ir en socorro del IAPI, y qué mejor solución que la eterna rueda de auxilio del Ansés  con la caja semivacía de los jubilados en ayuda de las cerealeras. Todo en nombre de la defensa de la patria.

De todos modos estas cuestiones deberían ser analizadas por profesionales especializados con un poco de imaginación patafísica ya que de nuestra economía se trata, y no por el hombre común o el generalista mediático.

Pero me atrevo a sugerir que cualquier organismo que se estatice se suma a lo que aconteció con YPF, Aerolíneas Argentinas, con los servicios de luz, con el Indec, con los transportes, con las tierras del Calafate, con los Bonos de Santa Cruz, con el Consejo de la Magistratura, con los servicios de seguridad, con los planes Trabajar, con las cuentas de los gobiernos provinciales afines, con las declaraciones juradas de funcionarios, con el Sigen, con el FPT, con todo lo que el kirchnerismo estatizó. Por eso el problema es el objeto mamarracho que ahora se propone implementar según el ideal venezolano de los integrantes de Carta Abierta. Y poco sentido tiene antes de adorar un viejo totem, pedir turno a la espera de que hagan una autocrítica, ni que nos endulcen la vida con frases como “deberíamos abrir un debate….”, “merece una reflexión profunda…”, “la complejidad de los procesos…”,etc.

La guerra total. Cuando uno se ha iluminado desde chiquito con la idea de que el mundo está en la última fase de una guerra total, y que hay dos bandos enfrentados: los pobres y los ricos, el tiburón y las sardinas, la derecha y la izquierda, los genocidas de allá y de acá, el saqueo pirata de los cuatro elementos primarios, entonces, por el contrario, no hay nada complejo en qué pensar, nada que merezca demasiada reflexión, todo es muy simple.
Lo hay que hacer es bancar a Milani, bancar la devaluación, bancar al Fondo, y hasta  bancar…a ¡Scioli!, si la causa se puede salvar.
Para muchos la lucha continua, porque a la nacionalización del comercio exterior, se le suma el control de precios y el llamado a ir a la calle y apretar a los especuladores, salir con palos a gritar a la puerta de los hiper, botonear el nombre de los dueños de empresas, denunciarlos, mostrar sus caras en afiches, llamar por teléfono a la Presidenta porque aumentó el jabón en polvo en el Disco de Villa Lugano.

No puede ser, dicen los indignados, que los precios cuidados se descuiden. No hay razón alguna para que en un lugar veinte y en otro treinta. La codicia de los comercializadores, de los intermediarios, de los comisionistas, de los acopiadores, de los distribuidores, no tiene límite. Jóvenes de La Cámpora y veteranos de la Biblioteca Nacional están preparados para atrapar a quienes se apropian de excedentes indebidos en la cadena de valor.

La cadena. Todo el mundo habla de la cadena de valor, no hay candidato, periodista, economista, gremialista, que no diga que el problema reside en este nuevo cáliz sagrado que es la cadena de valor. No tengo más remedio que anunciar algo triste, grave…la cadena de valor ha dejado de existir. No está, se fue, dejó a sus eslabones solitos, flotando en el vacío.

No sólo la cadena de mando se rompe en situaciones de anarquía, sino también esta nueva cadena se rompe toda cuando no hay cálculo posible sobre lo que vendrá, cuando la inflación se estima entre el 30 y el 50%, cuando se vienen las paritarias cuyos aumentos pueden ser 25, 30, 35, 40%, de acuerdo al gremio, cuando el ministro de Economía anuncia que los subsidios en los servicios se cortarán para muchos y que el salto en la facturación puede ser 100, 200 o no se sabe bien cuánto por ciento arriba del precio anterior, cuando el dólar está quieto, dormido, descansando, pero si la inflación aprieta una nueva devaluación antes de agosto va a ser inevitable, si las tasas se van a las nubes y se mata el poco crédito que había, si cada día los funcionarios anuncian una medida de acuerdo a los avatares del día anterior; en síntesis, si vivimos en una economía en la que todo puede pasar, no hay que hacer un gran esfuerzo ni ser perito mercantil para imaginar que una planilla de costos, una lista de precios, una reposición, un programa de producción, dependerá de lo que nos diga el I Ching.

Los alumnos de topología avanzada pueden entender que en el nudo Borromeo cuando se suelta uno de tres aros engarzados, los otros dos se desprenden con más ímpetu que en un desparramo de la santísima trinidad. En este caso particular  el anillo que se soltó es el dólar. No hay precios, no hay moneda, no hay plazos, no hay crédito, no hay proyecto.

Por eso no hay cadena de valor, porque toda cadena implica una secuencia temporal, y en una economía como la argentina, el factor tiempo está fuera de quicio. Ya lo dijo Hamlet: “the time is out of joint”, sin jamás imaginarse que la frase se aplicaba al Modelo

(*) Filósofo. www.tomasabraham.com.ar

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