domingo, 16 de febrero de 2014

El kirchnerismo cura heridas con ácido sulfúrico

Por Jorge Fernández Díaz
Aquel invierno de derrota era soleado y agradable. Néstor Kirchner ordenó a su custodia que lo llevara hasta Parque Lezama. Todavía conservaba en el corazón los latigazos del duro revés que acababa de sufrir en las urnas. Era sábado, y Carta Abierta realizaba una asamblea pública. Kirchner llegó sin corbata, escuchó las diatribas de los intelectuales y esperó turno para hablar. 

Cuando lo hizo arengó a ese puñado de setentistas, les insufló ánimos y se despidió con aliento épico. Un asistente que lo acompañaba recuerda que al subir de nuevo al coche blindado, Kirchner suspiró y dijo: "Qué delirantes". No fue un comentario agresivo sino afectuoso, pero estuvo precedido por muchas otras confesiones que hizo ante sus ministros de máxima confianza: "No tienen la menor idea de lo que es la política". A veces, cuando tenía que atender a un escritor oficialista, llamaba a su jefe de Gabinete de entonces y le pedía con desesperación: "Vení conmigo porque a este tipo no lo aguanto". La intelectualización de la política le parecía una banalidad, y comparaba a esos pensadores de la retórica con los plateístas del fútbol: "Te gritan que saques a un defensor y pongas a un atacante, y no saben nada del juego; no tienen noción de lo que es estar en el medio de la cancha dirigiendo el partido".

Su viuda, en cambio, siempre fue más porosa al bronce de los ilustrados. En ausencia de su esposo, muchas veces se dejó aconsejar por los plateístas y cayó en la tentación habitual de hacer jueguito para la tribuna. Se percibe todavía que le cuesta abandonarlos en la banquina cuando debe exponer las cifras y los hechos después de tantos años de manipulaciones y ocultamientos. Lo paradójico es que todas esas trampas fueron ardorosamente convalidadas por muchos pensadores kirchneristas, que dejaron la conciencia crítica para transformarse en meros justificadores de desaciertos.

Cristina Kirchner ha retomado, aunque de manera superficial y tardía, el realismo en defensa propia, y esa senda pragmática pone en una crisis de desencanto a muchos militantes. Cuesta creerlo, pero algunos de ellos, hombres grandes, siguen siendo analfabetos económicos y tiernos adolescentes políticos. Con cierto pensamiento mágico creen que el Estado puede expandirse hasta el infinito sin financiamiento (perdón, Mujica), que recortar gasto público implica necesariamente hacer un ajuste neoliberal (perdón, Dilma), que acordar políticas con Washington, el Club de París y el Fondo significa volver a las relaciones carnales (perdón, Bachelet) y que cuidar las reservas y pedir créditos externos es conservador (perdón, Evo). La gran dama se debate internamente entre seguir esos prejuicios locales, que ella misma alimentó hasta la caricatura, o gobernar con racionalidad bajo la lluvia de granizo.

La mirada esquizofrénica desconcierta a quienes deben confiar en la Argentina. Cristina reprivatiza y mal los trenes (perdón, Scalabrini), y a la vez se presenta como Rosa Luxemburgo y denuncia fantasmagóricos golpes de Estado con la secreta intención de recrear aquellos febriles entusiasmos de la 125: quiere llevar a cabo otra batalla cultural, pero hoy la pólvora está mojada. Y como no puede deshacerse de sus cuantiosos tabúes internos, sigue fabricando contradicciones. En lugar de emitir tranquilidad y cohesión, lanza torpedos contra empresarios, sindicalistas, jueces, periodistas, banqueros, y también contra los "poderes concentrados" de Occidente. Los kirchneristas intentan calmar los nervios profiriendo frases como "quieren que el Gobierno vuele por el aire", "no nos vamos a ir antes", "la patria está en peligro". Donde se necesita agua oxigenada, aplican ácido sulfúrico. Y mientras tanto difunden que el problema económico terminó con los trucos adoptados por el Banco Central, medidas que el ex secretario de Finanzas de Néstor, Guillermo Nielsen, califica como "un Ibupirac 600 por hora". Abuso de analgésicos para tratar una enfermedad grave que precisa de un buen diagnóstico y de una delicada intervención quirúrgica.

La ecuación Scioli, que es Cristina menos relato, se desplegó esta semana en Estados Unidos. El gobernador new age intenta convencer a los norteamericanos de que el país hará los deberes. Uno de sus operadores económicos estimó, en círculo de ejecutivos, que "el ajuste fiscal necesario es de 2,5% del PBI" y que el Gobierno "lo hace ahora o estamos en el horno". Internamente, y más allá de que algunos cometen la imprudencia de escribirle partituras al enano paranoico que todo cristinista lleva adentro, los economistas del peronismo creen que son preferibles las brasas al fuego: siempre es mejor que el ajuste lo encare el Estado a que lo imponga el mercado; es menos traumático que la familia se apriete el cinturón a que el banco le embargue las cuentas.

Mientras el sciolismo promete en la capital del mundo cosas que no puede cumplir (las inversiones serán respetadas y las amparará siempre la seguridad jurídica), en la Presidencia de la Nación bajan la orden de instalar que la estampida de precios no es culpa del rojo fiscal, la emisión, la inflación ni la devaluación del peso, y mandan a grupos callejeros contra empresas y supermercados a repudiar la carestía del tomate. A los gremialistas les filtran rumores de que tienen, para cada uno de ellos, un carpetazo de los servicios: muchachos, mejor moderen las pretensiones en las paritarias. El nivel de apriete, ingratitud e insolencia con que el ultrakirchnerismo se maneja es directamente proporcional al inédito nivel de resentimiento que se ha acumulado en toda la comunidad politizada.

Lo risible es que, junto a la batería de exculpaciones, corre una abrupta corriente de sinceramiento: la inflación, el narcotráfico y otras lacras que durante años fueron señaladas por la oposición y la prensa hoy son asumidas, sin pedir disculpas, por quienes entonces las desmentían con peroratas furiosas y vapuleos mediáticos. El kirchnerismo salió del placard, pero de un modo vergonzante. Se irá dentro de dos años y dejará una pesada herencia. Sin embargo, convertirlo en el chivo expiatorio de la decadencia nacional no sería justo. The Economist nos recordó esta semana que ese declive es un enigma indescifrable para el mundo, y que los Kirchner fueron apenas una estación más.

La respuesta podría no ser muy simpática para ninguno de nosotros. Es posible que nuestra perpetua cuesta abajo se deba a la violencia de las dictaduras militares, a la ineptitud económica de las breves gestiones del radicalismo y a la irresponsabilidad inescrupulosa de los largos gobiernos peronistas. Pero violencia, ineptitud e irresponsabilidad no son palabras que puedan aplicarse sólo a la clase dirigente, puesto que cada una de esas experiencias históricas tuvo la adhesión silenciosa o explícita de la sociedad argentina. Estos días se vio cómo peleaban Ishii y Othacehé. Parecía una lucha alucinada entre Godzilla y King Kong. Pero ambos han sido legitimados por el voto constante.

Este país debe repensarse a sí mismo de vuelta, sin buscar atajos y sin anacronismos. Precisa de intelectuales independientes del poder que no practiquen el delirio ni simplifiquen todo con conceptos vacíos como "acciones emancipadoras" y "jornadas libertarias". Y con estadistas sin olor a naftalina, dispuestos a una autocrítica profunda y a la audacia de la decencia y el sentido común. Sin eso, seguiremos en la inexplicable lista de los genios sin genio, los talentos extraviados y las oportunidades perdidas.

© La Nación

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