sábado, 13 de octubre de 2012

Creer en fantasías

Por Roberto García
Eric Hobsbawm se murió sin darse cuenta. Sin darse cuenta de que, después de noventa años de estudiar guerras y revoluciones, se iba a perder por unos días la mayor conflagración universal, un estallido semejante al Big Bang, al menos para la perspectiva del gobierno argentino: el 7D. Este británico marxista, un pensador social, quizás el más notable historiador del siglo XX, analizó la Revolución Industrial, la soviética, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, Medio Oriente, las luchas religiosas y tribales de todas partes, hasta casi tropieza con las galácticas. Sin embargo, esa desdichada Parca le cerró el observatorio para ver la contienda más esperada entre la administración K y el Grupo Clarín, el epicentro bélico del planeta según la visión megalómana de ciertos argentinos (y, por ahora, esta consideración no incluye un eventual conflicto armado con Ghana por la Fragata Libertad).

En alguno de sus libros alude Hobsbawm al peronismo; es de imaginar lo que entendía por ese fenómeno populista, pero nunca podía sospechar en cambio la secuela del caballo de Troya que ingresó en ese movimiento y que hoy determina que los “siete días que conmovieron al mundo” empiezan el 7D, aunque para algunos tontos –para Hobsbawm inclusive, si viviera– en la ocasión sólo dirimirán controversias un gobierno y un núcleo mediático privado.

Curiosamente, esa pelea principal será para reconquistar una prenda que el propio administrador le había cedido a su enemigo privado –la fusión y la caja de Cablevisión– sin conocerse en su momento la razón de este obsequio ni, más tarde, el propósito de recuperarlo. Hobsbawm tampoco lo hubiera entendido.

Al margen de intereses económicos, plausibles, evidentes (de lo que se llama el spoils system a configurar por el Gobierno con los medios públicos y los privados afines versus la posición dominante ejercida como una telaraña por Clarín con la gracia de distintas administraciones), se construye una epopeya grandilocuente y masiva, fundada en libertades, democracia y otras beldades de dudosa vocación. En verdad, una de las partes pugna por más territorio político y la otra se revuelve para no entregar lo que estima propio: lo político en su caso es aleatorio, lo que importa es no sacar de la cuenta lo que ya está escriturado.

Son dos pymes con poder circunstancial. Por un lado, una mujer iluminada con la provisión del equipo estatal rendido a sus instrucciones, convencida de que sus desazones provienen de la instigación de Clarín y sus sucedáneos, mientras por el otro, se boceta una sucesión en ciernes, un contador de salud delicada que preside el grupo, un operador de confianza (que también fue de confianza del kirchnerismo), algunos abogados y un paquete de periodistas que del ganapán como medio de vida pasaron a convertirse en pregoneros de derechos que antes no preocupaban. En total, no superan a los participantes de una escaramuza en la guerra por la Independencia.

Se comprende el interés oficial por aplicar una ley que su partido impulsó. Es que, antes de esa iniciativa, cuando estaban juntos el matrimonio Kirchner y Clarín, sonreía la vie en rose, la gente por ese romance creía que los primeros cuatro años de Néstor habían sido los mejores de la historia y, para colmo de buenas noticias, crecía el PBI, el costo de vida estaba quieto, acumulaban reservas y hasta había dinero para repartir luego que el gobierno anterior sometió al sacrificio de una megadevaluación a los trabajadores. Entonces, para el ex presidente esa alianza era útil (como otras) y se conservaba con primicias y negocios, otorgando licencias o amplificando noticias de poca monta. No importaba si ese canje de facilidades provocaba competencia desleal. Había gentilezas y favores que le venían de perlas al prestigio social de un gobernador de minúscula provincia convertido en figura nacional y el ocasional socio disfrutaba de un poder lateral que excedía al periodismo.

Pero no era ese casamiento un fundamento del Estado, según El señalaba para justificarse. Y si no lo fue entonces, usando sus palabras, tampoco puede serlo el divorcio ahora. Inclusive, quienes le reclamaban por las ventajas concedidas, solían descabezar el debate señalando como locos o fuera de moda a quienes le cuestionaban su política de relaciones (si alguien objeta esta afirmación, este cronista puede aportar testigos incómodos de esos diálogos).

La prédica oficial señala ahora que desde el 7D, la Argentina será otra. Cuesta entender que ese episodio de intereses tan personales tenga más trascendencia que el 25 de Mayo o el 9 de Julio, aunque más de un ciudadano prevenido puede suponer que de esos polvos saldrán otros lodos, tal la propaganda ejercida. Ya no parece cándida ni justa la reivindicación por la pluralidad cuando poco interesó antaño y frente a restricciones cada vez más evidentes en otros planos institucionales, sea en la autonomía económica o en el sistema republicano (no olvidar los fracasos con Reposo o Despouy). Abunda un relato para un solo consumidor, el reduccionismo de un mundo que siempre es más complejo, una prodigiosa variedad de estrenos oficiales semanales, también nuevas estrellas de la pantalla, como si la invención de conflictos fuera la naturaleza de la gestión. Muchos de sus integrantes dirán que es parte de la revolución permanente.

Con el agregado de máximas insolventes, como decir que el gorilaje proviene sólo de la Sociedad Rural cuando, en el 55, en el gobierno militar estuvieron Oscar Alende y Alfredo Palacios, entre otros, o la “contra” de entonces también llenó la Plaza.

Son las múltiples fantasías necesarias para inflamar la camiseta de los partidarios, los que hoy denostan a Clarín junto a la clase media como si esta fuera un ejército invasor. Ese mismo sector que se desarrolló con Yrigoyen, lo rechazó y por último lo acompañó en el sepelio; la que se amplió en otro salto con Perón, después lo repudió (o lo defendió a medias) y al final lo consagró en elecciones para visitarlo en multitud junto al féretro.

Más que una clase, un espíritu cambiante y volátil, el que prevalecía en quienes un día cenaban con uno o dos responsables del Grupo Clarín, intercambiaban elogios y cumplidos hasta que más tarde se les ocurrió –por enunciar una explicación ingenua– que esos mismos invitados violaban derechos humanos, secuestraban niños o asistían a salas de torturas. En el medio, la pobre víctima por todos proclamada: la libertad de prensa.

Finalmente, está claro que se trata de creer o hacer creer que desde el 7D se acaba no solo Clarín, también la inflación y otras penosas desventuras. Como algunos son gente de fe, seguramente creen en lo que no han visto.

© Perfil

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